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Miedo, salud y política

OPINIÓNACTUALIZADA 16/09/2021 A LAS 05:00
'Miedo, salud y política'
'Miedo, salud y política'
Leonarte

El miedo es una emoción que afecta a la salud. 

Al igual que la ira, el dolor y el hambre produce cambios corporales inmediatos y, si se mantiene en el tiempo, estructurales. El miedo es personal e intransferible, pero también social y políticamente construido. Cuando el miedo se distribuye, se respira en la vida cotidiana y también se percibe en las formas de interacción social. En lo político, es el cemento de formas diversas de dominación y sumisión, de desigualdad y abuso de poder. Hasta que se hace insoportable. Entonces activa la reacción contraria. Cuando el miedo es tan intenso que no hay nada que perder provoca la rebeldía radical. Ahora bien, el miedo, en sentido estricto, nunca está allí fuera independiente de las personas. Se fermenta de forma individual, uno a uno, mientras se alimenta en un contexto social determinado.

Todo miedo tiene una causa. Endógena o exógena, tangible o intangible, imaginada o real, ficticia o fundamentada. Pero es una reacción siempre interpretada por quien la percibe. El miedo es el reverso del peligro. Sin amenaza, sin algo acechando, no se produce el estímulo. Y ese ‘algo’ es tan heterogéneo que una simple avispa puede hacer temblar tanto o más que un tigre o una explosión. En la práctica, cualquier animal, cosa o circunstancia puede estimular la espoleta del miedo. No es una lista infinita pero, por un lado, roza lo inconmensurable, por otro, lo limitado culturalmente.

Hasta que no se elimina la causa, el miedo no desaparece. Mientras no se apaga,
sigue activo, pero hace falta poco combustible para volverlo a encender

Los miedos se aprenden, se maman y, muchas veces, se heredan. Aprendemos qué temer y cuándo estar en alerta de nuestras familias y de nuestros vecinos. Nos avisan de los peligros alimentando el miedo. Nos inyectan que existe el hombre del saco, que a caperucita se la quiso comer el lobo, que por esa calle no se debe caminar o lo que corresponda. Como también introyectamos los miedos de nuestros progenitores. De hecho, el miedo insuperable de una madre a los perros lo tienden a reproducir sus hijos. Heredamos tradiciones y pautas de conducta. En ese legado se agrupan tanto las advertencias como sus consecuencias: unas, bien fundamentadas; otras, no siempre; pero todas tienen su correspondiente explicación y un propósito.

El propósito del miedo es sobrevivir. Aprendemos vicariamente a no cruzar la carretera sin mirar a los dos lados, ni a ponernos en las vías del tren si está cerca. Nos enseñan y nos condicionan nuestros mayores y, en buena medida, reproducimos los procesos con nuestros hijos. Incluso las escuelas son más de una vez sistemas de domesticación y transmisión de miedos instituidos. Pero siempre queda abierta la decisión individual de procesar las circunstancias como peligro o no, de sentir vértigo al caminar por el borde del acantilado o ni intentarlo. El miedo es un mecanismo de protección. Nos hace reaccionar. Unas veces se opta por volar y huir, otras por paralizarse o lo contrario, luchar ante la amenaza percibida. Pero también se convierte en un problema cuando no se ajusta la percepción al acontecimiento, ni la reacción a las circunstancias.

Esto hace de él un instrumento asequible de manipulación social y un arma política

El miedo se vive en el cuerpo, con los subsiguientes efectos fisiológicos, y con la mente, donde puede enquistarse de forma patológica. El miedo es una interpretación subjetiva que, cuando es sana, tiene fundamento en algo objetivamente discernible. Pero no siempre es así. Si nos descuidamos, el miedo se convierte en obsesión, en ansiedad, en trauma, en pánico, en fobia y entonces complica la vida. El miedo se traduce en malestar y se puede contagiar a la sociedad e impide gozar del placer de vivir individual y colectivamente.

El miedo obliga a concentrar la atención en el estímulo que lo provoca. Hasta que no se elimina la causa, no se descansa. Mientras no se apaga, sigue activo, pero se enciende con poco combustible. Esto lo convierte en un instrumento asequible de manipulación social y un arma política. El temor a la muerte, su principal causa. Y ahí, la promesa de seguridad la trampa para renunciar a la libertad. Nos toca revisar cuánto de hipocondría están inyectando con la pandemia y cómo lidiar con este virus que nos acogota y mata sin saber todavía cómo erradicarlo. Nos toca gestionar los miedos, sin caer en la cobardía ni en la temeridad, pero sí con valentía y prudencia.

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