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Memoria...

Por
  • Carmen Herrando
OPINIÓNACTUALIZADA 14/09/2021 A LAS 05:00
'Memoria...'
'Memoria...'
Leonarte

Stefan Zweig no soportó el horror de la guerra ni aquel cambio radical de la vida en Europa que hizo que fuese imposible recuperar el mundo en el que vivió y al que denominó con acierto "mundo de ayer", por tratarse de un mundo para el que ya no había vuelta atrás. 

Y él y su esposa se suicidarían en Brasil, en plena guerra, víctimas de la desesperación, por su condición de judíos y porque no pudieron aceptar la realidad que se estaba generando en Occidente. El autor describe magníficamente el que fuera su mundo en el libro que lleva por título precisamente ‘El mundo de ayer’, en cuyas páginas conviven Freud, Rilke, Wittgenstein y tantos otros, y sobre el que Wes Anderson realizó la esperpéntica película ‘El gran hotel Budapest’, que plasma con verdadero sarcasmo parte de lo que Zweig narra en su ensayo.

Y aunque Zweig decora bastante aquella realidad, no hay duda de que el mundo descrito en su libro era aún un lugar civilizado en el que la brutalidad estaba ausente, o al menos mucho más alejada de lo que lo está hoy en nuestro mundo. Pinta los cafés vieneses, distinguidos y señoriales, atiborrados de gente, porque muchos ciudadanos estaban en ellos más cómodos que en sus casas… Y más síntomas de desconcierto, que dejaban ver de fondo el miedo a la libertad que iba en aumento (recordemos el excelente análisis de Erich Fromm sobre el tema) y que haría que entre las clases medias de la Alemania de la República de Weimar se generalizara la espera fervorosa de una suerte de mesías. El autor detecta el inicio de la alteración de los valores y el "aquelarre" que comenzaba en Alemania, propagando sin freno la frivolidad: "Bares, locales de diversión y tabernas crecían como setas"; y escribe a seguido que "los alemanes emplearon toda su vehemencia y capacidad de sistematización en la perversión". Por eso, cuando surgieron las juventudes nazis, su presencia era tomada como a broma. Pero luego pasó lo que pasó, algo que no deberíamos borrar nunca de la memoria.

Recordar estas cuestiones al inicio de un curso escolar no tiene más sentido que poner en valor la memoria y destacar su centralidad en cualquier reflexión que se precie. Mas no la memoria orientada por los dirigentes políticos, y que algunos entienden que se gesta en las colectividades, sino la memoria personal, que es la única que merece tal nombre, aunque conviene, desde luego, poner en común tantos aspectos de ella para rehacer pensares serios y adoptar consideraciones de razón, pues la memoria no deja de ser algo propio del espíritu humano y una facultad esencial para el ejercicio de la libertad.

La memoria tiene mucho que ver con la ética y la reflexión; no deberíamos
dejarla al albur de la política ni permitir que la fagociten y destrocen
las ideologías, como se nos viene anunciando

Desde el final de la Gran Guerra, escritores, pensadores y tantos ciudadanos reflexivos barruntaron la crisis civilizatoria en que caía Europa; acertaron, pues la guerra que siguió trajo una de las mayores barbaries que haya visto la humanidad. Hoy, cuando se tiene la impresión de que podríamos volver a escribir un ensayo con el mismo título que el de Zweig, debido a los cambios radicales que transforman nuestro mundo, hemos contraído cierta obligación de contemplar con detenimiento la barbarie y pensarla de nuevo desde las categorías de nuestro inquietante presente: la salvaje situación de Afganistán, las innumerables víctimas de la fuerza humana o de los desastres naturales, la pobreza, la enfermedad, el dolor, y tantas "técnicas de envilecimiento", como las llamó Gabriël Marcel, que siguen en activo manipulando nuestro mundo, y hacen que, en lo ético, las sociedades que edificamos sigan descendiendo peldaños, animadas por un individualismo que sólo engendra más y más indiferencia, desoladora.

No es cosa de ponernos apocalípticos, pero sí tiempo de pensar —siempre es tiempo de pensar— y de hacer, pues, como supieron ver Pascal y tantos otros, en el pensamiento anida la semilla de la ética, es decir, la preocupación por el bien común y la capacidad de ver al otro y velar por él, sobre todo cuanto más desvalido está y más amparo requiere. Por eso tiene la memoria tanto que ver con la ética y la reflexión; no deberíamos dejarla al albur de la política ni permitir que la fagociten y destrocen las ideologías, como se nos viene anunciando. Porque, de nuevo, es la libertad la que anda en juego.

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