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Servilletas

OPINIÓNACTUALIZADA 13/09/2021 A LAS 05:00
'Servilletas'
'Servilletas'
Pixabay

Qué pesado eres con Aragón", me dicen en Madrid; y lo que les queda. 

Para predicar con el ejemplo y aprovechando que vinimos a la boda de Ana con mi amigo Fernando (a quien se le ocurrió poner un toro mecánico en la barra libre con tal éxito que al de los mandos solo le faltó coger el ramo de la novia), me llevé a E. a dar un paseo por una Zaragoza con atardecer de cielo azul postlluvia, abrigado, de septiembre, agradecido por el Ebro y las torres del Pilar. Un cielo de día laborable, que a los exiliados nos sorprende como un exotismo y nos lleva a recuerdos de días de rutina que ahora son una sorpresa agradable y un premio a esa parte de lo que fuimos que siempre seguirá ahí. Sobre él enfilamos hacia el Tubo, que nos dio acomodo en los barriles que decoran sus calles como señales de que puede haber más alegría que miedo. Nos tomamos unas tapas entre el bullicio aún contenido del jueves, pero padecimos una estampa provocada por un bastión de la pandemia que aún no hemos derribado. Y es que si la imagen icónica del tapeo zaragozano era gente feliz atacando al plato, ahora son las palmas de las manos hacia arriba, la boca sin movimiento y una mirada a la mesa. Porque sí: han desaparecido las servilletas. No diré nombres porque la ley seca es casi general, pero a E. le estuve viendo un trozo de jamón batido en la comisura del labio unos cinco minutos, con la capacidad hipnótica que tiene seguir con la mirada un trozo de comida en la cara. Y lo cierto es que mientras esperábamos unas servilletas, hicimos por seguir comiendo, pero hay un punto que hace tope porque llevas las manos para pintar un Miró.

Es cierto que el Gobierno prohibió los servilleteros en mayo de 2020 para prevenir la covid-19, pero, según la web del Gobierno de Aragón, con las ‘monodosis desechables’ de servilletas no hay ningún problema. Yo le iba a decir a E. que esa escasez me recordaba a la campaña que el periodista y compañero de HERALDO Juan Luis Saldaña emprendió para (bendito sea) no pagar las bolsas del súper, pero es que se me estaba empezando a petrificar en los labios la bechamel de la croqueta y no articulé palabra. Lo bueno es que al final siempre llegan, como septiembre, famélicas pero útiles; como los instantes en que paseo con ella por una ciudad que aún me reconoce y me limpia.

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