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Misión de la Universidad

Por
  • Andrés García Inda
OPINIÓNACTUALIZADA 10/09/2021 A LAS 05:00
'Misión de la Universidad'
'Misión de la Universidad'
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Como es habitual, la vuelta a las aulas en la Universidad viene acompañada del debate sobre su función en la sociedad actual. 

Y más aún este curso, que trae consigo bajo el brazo, como si fuera un pan, el anteproyecto de una nueva Ley que, como todas, resolverá de un plumazo los grandes problemas de la Universidad española, la fortalecerá y la colocará en el disparadero de salida de las grandes transformaciones de nuestro siglo. ¿O es que no ha sido siempre así?

El sentido de la Universidad es una cuestión confusa y escurridiza. En buena medida por la propia labilidad de su objeto: la noción de verdad. Y por las condiciones de un contexto en el que, si esa noción no ha desaparecido, ha sido fuertemente erosionada (a lo que por otro lado en la propia institución hemos contribuido denodada y diligentemente). No debe extrañar por eso que en lugar de ser la ‘conciencia ética’ de la sociedad, como quería Giner de los Ríos, nos hayamos convertido en una especie de ‘asesoría técnica’ de la misma, cada vez mas devaluada por otro lado. O dicho con otras palabras: que en lugar de un ‘Pepito Grillo’ para el poder seamos más bien el experto tiralevitas o el terapeuta ocasional del mismo. Como los psiquiatras de esas películas de Woody Allen a los que sus personajes acuden, como decía hace años el teólogo González Faus, no para curarse de nada, sino para justificarse de todo: "Para tener unas circunstancias exteriores y lejanas a las que culpar de todo aquello por lo que no se atreven a culparse a sí mismos. Y para tenerlas además con la bendición ‘sagrada’ y la palabra ‘infalible’ de ese sacerdocio de la modernidad que es la ciencia".

En lugar de ser un ‘Pepito Grillo’ para el poder, de actuar como ‘conciencia ética’ de la sociedad, como quería Giner de los Ríos, la Universidad se ha convertido en una
especie de ‘asesoría técnica’ de la misma, cada vez mas devaluada 

Los discursos críticos sobre la Universidad suelen referirse a menudo a esta como una institución medieval de difícil encaje en la compleja sociedad (pos)moderna. Eso explicaría, según algunos, el supuesto ‘atraso’ de la misma. Lo que sin embargo no explica el atraso de unas universidades respecto a otras o del sistema universitario español respecto a otros posibles sistemas. En cualquier caso, dejando a un lado la ‘medievalomanía’ o la ‘medievalofobia’ imperante –que seguramente es indicativa de algún complejo originado en nuestra deficiente formación universitaria– también cabe preguntarse si el problema no será más bien nuestro, quiero decir: no tanto de la herencia del pasado, sino más bien del lastre del presente, del propio siglo XXI. Digo esto porque cabe dudar de si entre los presuntos remedios para salir de los atolladeros en los que se encuentra la institución y superar su supuesta ‘medievalitis’ no estaremos incluyendo en realidad las causas de los mismos. Como si –por poner un ejemplo actual– para curar al enfermo de un virus recurriéramos a inocularle más carga viral.

Algo de eso podemos pensar que pasa con la ideologización de la Universidad en nuestro tiempo. A veces nuestras preocupaciones tienen más que ver con el hecho de que esta sea verde, morada, roja, azul... o multicolor, acorde con las inquietudes identitarias de la sociedad actual, como si eso fuera lo que la hace propiamente universitaria (y como si no pudiera serlo verdaderamente sin eso). En ‘La transformación de la mente moderna’, analizando las derivas integristas y la decadencia de los campus norteamericanos, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff se preguntan hasta qué punto la justicia y el cambio social deben ser los criterios para identificar la misión de la Universidad: "Si una universidad se articula en torno a un telos de cambio o de progreso social, los académicos estarán motivados para llegar a conclusiones que sean consistentes con esa visión, y la comunidad impondrá costes sociales a quienes lleguen a conclusiones diferentes, o que simplemente hagan las preguntas equivocadas". Y, sin embargo, sabemos que el conocimiento avanza a menudo gracias a quienes –en la Universidad o fuera de ella– son suficientemente osados para plantear las preguntas aparentemente equivocadas.

El ‘pensamiento crítico’, al que hemos convertido en bandera de la transformación académica, suena como una redundancia vacía que, lejos de favorecer el juicio y la reflexión, únicamente contribuye al cómodo sopor de la legitimación. El sociólogo Pierre Bourdieu (nada sospechoso de neoliberalismo o conservadurismo) ya decía que, para ser crítica, la sociología, o la ciencia en general, tiene que ser científica, y no al revés. Lo que no significa que sea fácil ni pacífico definir o acotar esa actividad. Pero en el momento actual parecemos empeñados en lo contrario. Y así nos va.

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