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la columna

Todo se transforma

OPINIÓNACTUALIZADA 08/09/2021 A LAS 05:00
'Todo se transforma'
'Todo se transforma'
Pixabay

La realidad está pesadísima. 

Y yo el que más. La realidad en septiembre aprieta a tope. Sientes sus garras. Y siempre hay alguien al acecho. Aunque las personas en carne viva ya no interesan tanto como antes. Como antes de los móviles, tablets, etc. Cuando se dice ‘antes’ no hay otro antes que ese. Las mismas personas, a través de la estampita de cristal, mejoramos mucho. Esa distancia viene de los móviles, y también, un poco, de la pandemia, que sigue viva: matando y mutando.

Los niños ya no juegan a adultos ni a fútbol, juegan a pantallas. Buscan el wifi antes que la bici. Las bicis ya no son para divertirse, son para sufrir. Como casi todo. Estas soledades siderales, conectadas con todo y nada. Cada cual consigo mismo y el universo rulando en círculos excéntricos.

Ejercicio: pensar en alguien al margen del móvil. Imaginar a alguien conocido o querido sin la intermediación o presencia del móvil. No se puede. Me quitas el emoticono y me quedo en nada.

El caso es que la realidad está presionando de lo lindo. Por todos lados excepto por uno, pero no sé cuál es. La realidad succiona y exprime como si fuera un gobierno. Todo ha subido tanto. Aluminio y cobre, por ejemplo. Los móviles viejos van a África, de donde salieron sus componentes, y los residuos van al mar, donde viven los atunes que, con suerte, nos comemos. Nos comemos los móviles. Quizá, con suerte, los nuestros. Mercurio y plomo. Nuevos sabores. A lo mejor, con el tiempo, si nos reciclan bien, podremos servir para fabricar la próxima generación de móviles, o de atunes. 

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