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Las botas de Van Gogh

Por
  • Julio José Ordovás
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 04/09/2021 A LAS 05:00
Van Gogh pintó sus viejas botas.
Van Gogh pintó sus viejas botas.
Museo Van Gogh de Ámsterdam.

La modernidad, en pintura, empieza cuando Van Gogh pinta sus viejas botas.

 Ese par de botas abolladas son la primera pintura moderna, en el sentido de que el pintor se desentiende por fin de sus atribuciones profesionales y mira a su alrededor, ve sus botas, que es lo que tiene más a mano, y se dice: voy a pintarlas. Van Gogh no pintó escenas bíblicas ni mitológicas, no retrató a reyes ni a burgueses, ni a autoridades civiles o militares. Van Gogh no aceptó encargos. No pintó catedrales ni jardines con nenúfares ni postales exóticas como las de su amigo Gauguin. Es cierto que pintó escenas costumbristas, como ‘Los comedores de patatas’, y postales alucinadas, pero postales a fin de cuentas.

Pagó un precio más que elevado por seguir su propio camino, no de espaldas a la historia del arte sino de espaldas al mercado del arte. No vendió, en vida, más que un único cuadro, ‘El viñedo rojo’, y eso que Theo, su hermano menor y su benefactor, era un exitoso marchante de arte. ¿Quién iba a querer comprar un cuadrito de dos botas cochambrosas para colgarlo en el salón de su casa y mostrárselo a las visitas?

Van Gogh renunció a las mayúsculas de la pintura, no quiso saber nada de los grandes temas ni de los marcos incomparables. Pintó lo que tenía ante sus ojos y así fue como consiguió contemplarse a sí mismo, sin disfraces, en el espejo, o en la galería de espejos, de la pintura.

Envidio a los pintores que pintan a sus perros, a sus mujeres, a sus amantes o a sus vecinos. Envidio, sí, a esos pintores que no se someten a la tiranía de lo pintoresco y pintan lo que les da la gana o les pilla más cerca, sin rendir cuentas a nadie: una estación de servicio, una calle cualquiera o la terraza del café donde se sientan cada noche a tomarse el último trago.

Si sabemos interpretarlas, aquellas botas nos dicen más sobre Van Gogh que su autorretrato con una oreja cortada, en el que el loco de pelo rojo parece, más que un simple loco, un auténtico psicópata.

Miro mis Vans. No están tan maltratadas ni son tan elocuentes como las botas de Van Gogh, pero también hablan de mí. De mis sufridos pies, de mis largos paseos por las encías negras de Zaragoza y de mis cortos viajes a pueblos y ciudades próximas. Son dos simples zapatillas negras y blancas, fabricadas en serie, muy cómodas. Las compré el verano pasado y he visto a muchos chicos y chicas, por lo general más jóvenes que yo, con las mismas zapatillas. Antes me negaba a pisar los grandes almacenes porque me molestaba tropezarme días después con alguien que llevara una camisa, un abrigo o una gorra como las mías. Eso, ahora, me importa un bledo, como tantas otras cosas.

Las botas de Van Gogh, pintadas con tanto amor como minuciosidad, certifican todas las caminatas que el pintor se dio por caminos pedregosos y polvorientos persiguiendo los caprichos de la luz. Mis Vans, en cambio, no están hechas para recorrer caminos torturados sino para pasear por aceras apacibles. Son unas zapatillas urbanas, flexibles y convencionales. Espero que me acompañen todavía el próximo verano, pero su vida, me temo, no será larga. Cuando las dé por amortizadas y me deshaga de ellas, no sentiré demasiada pena. Me compraré otras parecidas, probablemente de la misma marca y en la misma tienda, y con ellas, como con estas, intentaré evitar los charcos del azar y las trampas del destino.

En el salón de casa tenemos un cuadro de Víctor Mira en el que el pintor zaragozano se autorretrató con una bota de Van Gogh sobre la cabeza. A mi hijo ese cuadro de Mira, en el que también aparece un fantasma que trata de escapar de una especie de tela metálica, le da pavor y, como el piso es pequeño y no sabemos dónde colgarlo para no causar daños irreversibles en la sensibilidad del niño, ahí está el cuadro desde hace meses, medio oculto tras el sofá. Víctor Mira era un payaso, un payaso tétrico y genial, y utilizó las botas de Van Gogh como símbolo de la humilde pero orgullosa voluntad del artista, pintándolas repetidas veces y de muy diversas formas. Van Gogh tuvo la osadía de pintar unas viejas botas, bajando la vista del cielo y fijándola en la cotidianidad, y ese pequeño gesto supuso un paso decisivo en la historia del arte.

Cuando Picasso viajó a Arlés, se hizo con uno de los periódicos locales que dieron la noticia de la muerte del pintor neerlandés. Recortó la noticia y durante muchos años llevó aquel amarillento recorte de periódico en su cartera. No se me ocurre mayor muestra de gratitud.

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