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¿Se puede preguntar?

OPINIÓNACTUALIZADA 26/08/2021 A LAS 05:00
No hay que olvidar que la duda y las preguntas forman parte esencial del método científico.
No hay que olvidar que la duda y las preguntas forman parte esencial del método científico.
Aránzazu Navarro

De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que está mal visto preguntar. 

O mejor dicho, solo se puede preguntar lo que se puede preguntar. Y esto sucede con temas muy variopintos, desde el fútbol, pasando por la dieta hasta la política, por no mencionar lo que no se puede mencionar. Aunque esto depende de los contextos, de los grupos y de los campos de conocimiento… pero en casi todas partes cuecen habas. Y la dinámica es similar.

Hay un conjunto de explicaciones e ideas básicas que se dan por válidas. Estas son como son y punto. No es una conducta propiamente adecuada salirse de lo establecido. Por eso se produce un acuerdo tácito al respecto. Quien se lo salta o está fuera de sitio o no se entera o, si se entera, es un inadaptado que, cuando menos, hay que silenciar y si se resiste, sancionar. Y para eso están los fieles seguidores que censuran cualquier discrepancia respecto de lo establecido.

Se hace lo que hay que hacer porque nos han dicho que es lo que hay que hacer. ¿Comprendido? Porque si no se entiende, se puede decir de otra manera: las dudas están muy mal vistas. Así, en estas coordenadas, dudar de lo instituido socialmente es una enfermedad de esa inteligencia sumisa. Por eso, la ortodoxia siempre tiene sus propios guardianes y especialistas. Solo estos pueden comentar y aportar al discurso establecido oficialmente. El resto, a callar y obedecer. Entonces, ¡zas! El mundo se divide en dos: verdad y mentira. Buenos y malos. Está claro en qué lado hay que situarse. Los errores se han de corregir. Se pueden perdonar siempre que no haya mala fe; pero si alguien reincide o se resiste ha de saber qué es lo que le espera.

Si alguien pregunta por el origen del orden dominante y se atreve a cuestionar las explicaciones establecidas lo más probable es que caiga sobre sus espaldas un chaparrón de críticas. Se le conmine a recuperar el lugar correcto o, lo dicho antes, sanción y ¡aténgase a las consecuencias! Esto podemos pensar que sucede solo en países del mundo con regímenes totalitarios donde las verdades son las establecidas por el gobierno. No hace falta salirse mucho del guion para pensar en Corea del Norte, Cuba, Irán, China, Venezuela. Marruecos y, por desgracia, en unos cuantos más. Pero esto también se extiende por nuestros lares. El asunto se reproduce en cualquier rincón donde un grupo de humanos se olvida de que nadie tiene una mirada completa de la realidad.

Incluso ocurre en la llamada ‘Ciencia’, en singular y con mayúscula, donde algunos se hacen dueños de su redil y desprestigian cualquier pregunta que no sea preguntable. Desde Galileo quedó claro que los saberes oficiales tienen la sartén por el mango. Cualquier excepción fuera de las reglas de juego va a la papelera de lo deleznable. Hasta que la cosa cambia. Porque cualquiera que haya entrado a revisar las bases de los procedimientos científicos sabe cuán lejos del dogmatismo está el trabajo crítico, experimental y fundado en datos al que muchos investigadores dedican su vida. A poco que se busque se encuentra entre quienes se dedican a las ciencias -tanto de la Naturaleza como del Espíritu- que las claves son la curiosidad, la duda, la prudencia y la conciencia de saber mucho menos de lo que se ignora.

El problema entonces no es epistemológico o ‘agnotológico’, o dicho de otro modo, saber cómo se sabe lo que se sabe o saber lo que se ignora. El problema está en la relación entre conocimiento y poder. Esta es una pareja controvertida y tan vieja como la propia humanidad. Quien manda manda y lo peor que le puede suceder es que alguien pregunte por qué se obedece. O sin llegar a tanto, las preguntas que más molestan son las que plantean otra perspectiva. Esas que ante una narración sólidamente construida introducen la duda sobre el otro lado, sobre lo que no se ve o no se cuenta. Lo trágico del asunto es que siempre estamos atados al aquí y ahora. El tiempo humano, de momento, no es reversible. Aprendemos con muchas dosis de error. Aprendemos de lo socialmente instituido. Aprendemos de la tradición. Aprendemos de lo que otros aprendieron antes de nosotros… pero solo aprehendemos cuando tomamos conciencia de que estamos en ello. Y si no se duda y no se pregunta eso es muy difícil de conseguir.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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