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Cartas al Director: "Emociones vividas en plena canícula"

Por
  • Heraldo de Aragón
OPINIÓNACTUALIZADA 24/08/2021 A LAS 05:00
Una noche de verano nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la vida.
Una noche de verano nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la vida.
Pedro Puente Hoyos / Efe

Se trata de una noche de verano. Estoy sentada en la terraza de mi casa del Pirineo aragonés con la única pretensión de disfrutar del aire fresco, un alivio en estos días de calor muy adverso, con temperaturas inusuales y demasiado altas. Agradezco profundamente esta tregua como caída del cielo con la que, sin pensar, surgen en mí emociones positivas como la satisfacción, típica de un buen verano. A la vez, voy construyendo en mi interior recursos para futuras crisis o situaciones en que es necesario afrontar retos y para gestionar el propio bienestar emocional. También pasan por mi cabeza acordes de letras de canciones que me recuerdan a algunas noches de agosto. Es un devenir de recuerdos, la mayor parte de ellos agradables. En algún momento aflora esa otra emoción que es la de no sentir nada, con la sensación que esto te crea. Antes de retirarme para ir a descansar, imagino un nuevo día en el que el sol brillará con intensidad y calentará la superficie terrestre con fuerza, pero en mi interior seguirá existiendo esa ilusión que siempre me ha acompañado en verano. Esos meses, a pesar de sentirnos golpeados en ocasiones por las altas temperaturas, siempre han formado parte de un periodo vacacional muy esperado en el que el descanso me ha ayudado a retomar posteriormente mis obligaciones. Al mismo tiempo, he aprovechado para estrechar vínculos con los vecinos que viven en el pueblo y con todas aquellas personas que salimos un día de él y que en estas fechas volvemos a nuestra tierra esperando llenarnos con nuestros afectos. Y es en estos momentos, en ese marco nocturno, cuando podemos conectar, disfrutando de esa pausa después de unos días que están convirtiendo en histórica esta ola de calor.

Gema Abad Ballarín

El puente de Miraflores

Desde mi terraza veo el puente peatonal que lleva al pequeño parque donde está el colegio público. Las flores, a lo largo del camino, se balancean al ritmo del suave viento, entre el zumbido de las abejas y el picoteo de los pájaros. A primera hora de la mañana, intrépidos niños se encuentran camino del colegio, riendo y gritando. También ríen los padres. Todos celebran el nuevo día. Los tulipanes rojos y amarillos, sembrados entre los pinos, abren sus hojas sonriendo al sol. A mitad de la mañana, dos ancianos cruzan despacio cogidos del brazo. Ella lleva un bastón en su mano izquierda y él un carro de la compra. Andan despacio y en mitad del puente se saludan con amigos. Ríen mientras se abrazan. Alegres, se cuentan sus chismes y caminan juntos. Al medio día, dos obreros cruzan rápido camino del restaurante. Sonrientes, van a comer. Volverán una hora más tarde y reirán el último chiste contado durante el café. A las siete un joven espera la salida del trabajo de su novia en la farmacia. La recibe sonriente y cogidos de la mano siguen riendo. Es lo que tiene el amor. También los perros cruzan rápidos y divertidos camino del parque. Se alegran de verse y saltan unos tras otros. Cuando atardece y el sol se esconde, los tulipanes cierran sus hojas mientras por el puente dejan de pasar los sonrientes pasajeros de la vida, que volverán mañana. Al anochecer, parejas de novios o amantes cruzan bajo la farola que mariposas nocturnas revolotean. Y cuando la luz se vuelve sombra suenan los besos y los abrazos. La noche es seria. También opaca. Quizás dudosa. Pero solo es la transición al día donde las gentes volverán a reír cuando crucen el puente.

Jesús Añaños

ZARAGOZA

Internet contra la despoblación

En pleno proceso de despoblación continua de los pueblos de Aragón está surgiendo una nueva oportunidad de futuro, que podría al menos mitigar este fenómeno imparable. Y esta oportunidad se llama teletrabajo. En tiempos de pandemia, muchas empresas se han dado cuenta de las posibilidades que tiene el teletrabajo y de que la deslocalización física de sus trabajadores no supone ningún tipo de afectación a su desempeño. Elegir el lugar desde el que trabajar ya es un hecho para cada vez más trabajadores; eso sí, de sectores que pueden hacerlo. Esto significa que pueden elegir nuestros maravillosos pueblos de Aragón para establecerse permanentemente o temporalmente. Esta deslocalización masiva podría ayudar a mitigar esta despoblación y el empobrecimiento de estos pueblos. Parece que muchos ayuntamientos de Aragón lo tienen claro. Pero hay uno que yo conozco que por lo visto no cree en ello. Ese ayuntamiento, gobernado por el PSOE, es el del Valle de Hecho. Este ayuntamiento ha decidido dejar desde hace tiempo sin internet al pueblo de Urdués. Pese a personarme en le ayuntamiento y pedir explicaciones, con lo único que me fui fue con la típica respuesta del mal político , «lo estudiaremos». Urdués cuenta con una estupenda sala de ordenadores, obsoletos eso sí, que en su momento quien decidió crearla ya fue un visionario. Pero lleva ya más de un año sin conexión a internet. Yo pensaba quedarme más semanas a teletrabajar desde Urdués. Hablé con otras personas del pueblo que hubieran hecho lo mismo. Pero no es posible, no hay red de internet pública. Red que hasta este año sí que había habido siempre. Y yo pregunto, ¿pero es posible que tengan tan poca visión política de hacia dónde van los tiempos? Pues nada, me iré a comprar en tiendas, echar gasolina, gastar agua, tomarme cafés, comer en restaurantes de Zaragoza. Aprovecho para decir que hay mucho descontento en la zona con este tema, pero en estos pueblos tan pequeños nadie se atreve a decir nada.

Francisco Peña Ardid

Zaragoza

Fracaso militar en Afganistán

La rápida caída de Kabul en manos de los talibán supone un fuerte golpe en el amor propio estadounidense y un gran ridículo, que pone en entredicho la extendida fama de solidez y garantía de la que sus fuerzas armadas gozan. Fama, por supuesto, sobrerrepresentada por una abundante filmografía hollywoodiense relativa a exitosas acciones de dicho país, que, como la cruda realidad muestra conflicto tras conflicto, no dejan de ser más que pura ficción. Pero la responsabilidad de tamaño fracaso debe ser extendida también al resto de la coalición internacional, algo que el tiempo juzgará. Lo que sí parece cierto es que, ante la fanática convicción pseudorreligiosa y la determinación del grupo talibán, los medios y vidas quemados allí por los países de la coalición no han sido suficientes para obtener los resultados de democratización, libertades, estabilización y lucha antiterrorista que se buscaban. Ante el fracaso de la acción militar, es tiempo para que alta diplomacia y organizaciones humanitarias traten de paliar las terribles consecuencias que ahora se esperan.

Miguel Ángel Moliner del Ruste

ZARAGOZA

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