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Viudas y aragonesas, pero conversas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 22/08/2021 A LAS 05:00
Motis cuenta las historias de dos docenas de viudas conversas aragonesas en ‘Vivencias, emociones y perfiles femeninos’.
Motis cuenta las historias de dos docenas de viudas conversas aragonesas en ‘Vivencias, emociones y perfiles femeninos’.
Lola García

Todas eran viudas. Vivían en Aragón, en tiempos de Fernando el Católico.

 Viuda y aragonesa no era una mala situación legal y social... salvo que se tratase de cristianas que habían sido judías o descendientes de judíos; es decir, ‘conversas’, ‘cristianas nuevas’. Mala cosa.

Más de trescientas páginas dedica a estos y otros casos, a su valoración y explicaciones antropológicas, M. Á Motis (‘Vivencias, emociones y perfiles femeninos’, Dykinson, 2020), ceñido a dos docenas de casos representativos de las judeoconversas en Aragón, cuando el Santo Oficio alboreaba en el antiguo reino.

De todo hay. Gracia de Esplugas, zaragozana, besa y abraza a judíos. Aldonza de Ali se junta con otras para celebrar el sábado. Florencia, en Monzón, que había confesado y comulgado, se hace guisar un ‘hamín’ de cordero, propio del ‘shabbath’ (se prepara el viernes para no tener que trabajarlo en el día santo). Su paisana María Salvat piensa que, al morir, el alma se queda en la tumba. La zaragozana Isabel Sánchez guarda el ayuno prescrito por Moisés para el ‘kippur’. María Jiménez, darocense, reprocha a un mendigo la desvergüenza de limosnear en sábado. Leonor Álvarez, bilbilitana, hila de lunes a viernes, pero no lo hace en sábado. La oscense Violante de Santángel suministra pociones para quedar embarazada. Esperanza de Santa Fe, vecina de Sariñena, dirige reproches a quienes se hacen cristianos. Isabel de Santángel, de Tarazona, asegura que el judío, el moro y el cristiano, si son buenos, se salvan cumpliendo cada cual con su ley respectiva: valiente hereje.

Mujeres, en ocasiones, muy valerosas, como Cinfa Cazani, castellana que vive en Zaragoza, casada con Jacob Abencuza, la cual rechaza ser llamada por su nombre cristiano. Su hermana intenta persuadirla (actualizo el lenguaje): «Pecadora de mujer, habéis confesado ser cristiana e hija de cristianos. ¿Por qué queréis morir como judía y perder el cuerpo y el alma?». Pero Cinfa, según el documento que se conserva en Zaragoza, replica, enardecida: «Yo no soy cristiana, ni nunca lo fui, ni lo quisiera ser, porque mi madre me dijo que ella nunca fue bautizada. Y vosotros sois los perdidos y nosotros, los ganadores. Los ángeles de Moisés me guardarán. Mi madre y mis parientes me dijeron que era mejor la ley de Moisés que la de los cristianos. Y no me digas Juana, que mi nombre no es ese, sino Cinfa». Todo, ante los jueces.

Mejor, plegarse

Salen mejor paradas las viudas que, como Clara Díez, que vive en Sariñena, se pliega en todo a las exigencias del tribunal eclesiástico, que constan en el acta expedida por su escribano y en la que se aprecia de qué se libra quien se aviene a la obediencia y a reconocer que son ciertas -lo fuesen o no- las acusaciones que se le imputan: «Y por cuanto confesó dichos crímenes de herejía y apostasía, dentro del plazo de la gracia, debe gozar de los privilegios que los confesos sinceros en dicho plazo tienen y disfrutan, y que son no haber lugar contra ellos a confiscación de bienes ni a condena de cárcel...».

También hay delatoras -voluntarias o forzadas por las circunstancias, no siempre es sencillo constatarlo-. Acusan a familiares y a convecinos en quienes, por esta vía temible, ejecutan venganzas por motivos torcidos. De todo aparece.

Por ejemplo, Donosa Ruiz, turolense, quien fue vista rezando junto a la pared, en sábado, mientras movía ritualmente la cabeza, contra su antigua nodriza: «Fue mi nodriza una judía, como si fuera una madre, la cual me crió y enseñó las costumbres de los judíos. Y, después de hacerme cristiana, siendo de poca edad, me tenía en custodia y me inducía a que hiciese las ceremonias de las judías. Al hacerme mayor, y porque me hizo donación de dos casas y de unos locales en la judería y sinagoga, tuve mientras vivió mucho contacto».

La nodriza ha muerto ya y se entiende que Donosa justifique con razones de puro afecto filial su largo trato con una hebrea y otros gestos generosos para con diversos judíos de la ciudad. Y en el tribunal exonera al marido de forma expresa, por no ser sabedor: «A mi nodriza di [ayudas] muchas veces. En la Pascua [judía], trigo, dineros y otras cosas, a escondidas de mi marido. Y asimismo a otros de la judería he dado algunas limosnas y he hecho algunos beneficios en secreto. Y por inducción de mi nodriza ayuné, a escondidas, algunas veces en los días en que ayunan los judíos. Y en secreto envié a algún judío, mediante otro, dinero, aunque muy poco, para que con él hiciesen algún bien o limosna u ofrenda a la sinagoga o a otros judíos». Intenta así la benéfica mujer transferir la culpa a quien, por estar muerta, ya no puede ser castigada eficazmente.

En nuestros días hay de nuevo, a diestra y siniestra, visibles intentos de control censorio de las ideas. Vivamos ojo avizor. Siempre hay un inquisidor que acecha.

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