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Teoría de las ventanas rotas

OPINIÓNACTUALIZADA 31/07/2021 A LAS 05:00
'Teoría de la ventana rota'
'Teoría de la ventana rota'
Leonarte

La Unesco declaró, en 2002, el manuscrito de Goethe del ‘Diván de Oriente y Occidente’ como parte del Patrimonio de la Memoria del Mundo. 

En esta antología, el alemán escribe: "Quien viene al mundo construye una casa nueva, se va y se la deja a otro, este se la arreglará a su manera y ninguno acabará nunca de construirla". Dos siglos después de su publicación, esta metáfora ilustra con inusitada visibilidad la necesidad de diálogo de nuestros días, la urgencia de construirlo todo entre todos porque vivimos en una casa común.

Después de un año y medio de pandemia, la pregunta de nuestros días es muy concreta: ¿Cómo queremos que sea a partir de ahora nuestra casa compartida? ¿Nos conformamos con la ‘nueva normalidad’ (ese oxímoron con vocación nostálgica) o acometemos la reforma del sistema económico y social? ¿Nos refugiamos en respuestas acomodaticias o nos adentrarnos en interrogantes incómodos? Lo cierto es que estamos en un momento clave porque, como dice el aforismo popularizado por Mario Benedetti, "cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas".

Si en un edificio se rompe una ventana y no se arregla pronto, el resto de ventanas serán vandalizadas

Las dificultades para abordar el dilema entre continuar o reiniciar no son pequeñas. En este debate, la vieja estabilidad gana adeptos como un refugio emocional y político frente a los desafíos de un incierto futuro. Por eso los reaccionarios (desde los partidarios del ‘brexit’ a los votantes de Trump o de Vox) han ganado tantos votos en la última década. La nostalgia es la salida rápida ante un futuro que no inspira confianza ni seguridad.

Esta melancolía se refuerza con el coronavirus, que impide incluso darse la mano. La pandemia ha impuesto una distancia social que destruye la proximidad física. El virus aísla a las personas e intensifica la soledad y el aislamiento que ya dominaban nuestra sociedad. Además, el filósofo germano-coreano Byung-Chul Han explica en su ensayo ‘La desaparición de los rituales’ (2020) que el aislamiento se potencia con la digitalización, que nos permite estar cada vez más interconectados, pero no más próximos a los demás. Los confinamientos impuestos para luchar contra la covid, en los que todo se desarrolló por medios digitales, reveló lo mucho que echábamos de menos la cercanía física.

El cristal roto envía un mensaje: aquí no hay nadie que cuide de esto

Byung-Chul Han destaca que lo que predomina hoy es una comunicación sin comunidad, pues se ha producido una pérdida de los rituales sociales. Por eso llama a salvaguardar las fuentes de adhesión social. Entronca así con el comunitarismo como filosofía, que aparece en el siglo XX en oposición a determinados aspectos del individualismo neoliberal y en defensa de fenómenos como la sociedad civil.

Uno de los representantes de este comunitarismo es el premio Príncipe de Asturias Michael Sandel. El filósofo estadounidense, a partir de su último ensayo (‘La tiranía del mérito’), también plantea interrogantes sobre la casa común: ¿Qué obligaciones tenemos unos con otros como ciudadanos? ¿Estamos todos juntos en esto? ¿Qué tipo de economía tendremos después de la crisis? ¿Seguirá siendo una economía generadora de desigualdades que envenenan nuestra política y erosionan todo sentimiento de unidad nacional? ¿O valorará la dignidad del trabajo, recompensará las aportaciones a la economía real y repartirá los riesgos de las enfermedades y los periodos difíciles?

Ahora, la pandemia ha roto una ventana de la casa global. ¿Qué vamos a hacer?

Grosso modo, caben dos tipos de respuestas a tantas y tan acuciantes preguntas. Por una parte, la llamada de la tribu: los ciudadanos se sienten vulnerables y buscan refugio en lo conocido, en la nación, la religión, el Estado y el terruño. Por la otra, el cosmopolitismo (Martha Nussbaum): los ciudadanos se definen por lo que les hace iguales (la común humanidad) y no según dónde han nacido o dónde han estudiado.

La historia mundial ha sido hasta ahora la de muchas sociedades diferentes, separadas, encerradas. La globalización ha roto las fronteras y nos une a todos. Hoy más que nunca es evidente lo que Terencio proclamó hace veinte siglos: "Hombre soy, nada humano me es ajeno". Por eso, en nuestras manos está decidir cuál será el legado de esta época. 

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