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Alianzas e influencias

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 25/07/2021 A LAS 05:00
Javier Lambán y Pedro Sánchez en la puerta del palacio de la Moncloa en octubre de 2018.
'Alianzas y estrategias'
Enrique Cidoncha

Se entrecruzan los datos de la sexta ola de la pandemia con una abierta desesperanza. 

La incredulidad que desata esta enorme imprudencia compartida nos sitúa en el terreno de una torpeza que –conviene no olvidar– contaba con la necesaria autorización de los gobernantes. La multiplicación de los contagios habla de un repetido y agotador fracaso en una desescalada en exceso condicionada por la oportunidad política y que amenaza con volver a complicarse en otoño. Ajeno a la petición de las autonomías, el Gobierno sigue ignorando su responsabilidad en unas decisiones que sitúan a España como un destino desaconsejable y sin las herramientas jurídicas para hacer frente a la covid-19.

La velocidad con la que se conduce la política nos advierte de que lo que hoy es tendencia mañana es olvido y bajo esta percepción Pedro Sánchez mantiene su confianza en que las ayudas de la Unión Europea borren el recuerdo de esta última ola. Mientras tanto, la economía, aquejada de una nueva ralentización, frena su ritmo. Los retos se amontonan y el presidente Javier Lambán introduce la necesidad de contar con un pacto postcovid con fuerza suficiente como para aglutinar una estrategia de colaboración y crecimiento que quizá debería pensar –no faltándole razón– en extender a otras autonomías y a la misma Moncloa. Implicarse en la cogobernanza de España, tal y como reclama, exige una mirada que se eleve por encima de los límites autonómicos y busque alianzas estratégicas cuando aparecen los grandes proyectos de Estado.

La sexta ola de la pandemia, que ha obligado a endurecer las restricciones, supone otro nuevo frenazo para la recuperación económica

Desde que se anunció el multimillonario proyecto de la fábrica de baterías de Volkswagen, una inversión aún sin una localización decidida y que seguro cambiará el curso de la industria del automóvil y, en caso de lograrse, el de la economía aragonesa, desde la DGA se pelea en solitario y con denuedo para lograr su instalación. Este juego del todo o nada, asentado sobre la competencia entre autonomías y que implica ganar o perder frente a los vecinos, establece unos elevados riesgos que deberían minimizarse. Con una visión que añadiese valor gracias a la suma de esfuerzos estratégicos, en un momento en el que las alianzas deberían cobrar mayor sentido, carece de justificación la perversión que arrastra un simple sí o un no. Del mismo modo que el Gobierno acaba de aprobar del Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica (PERTE) del vehículo eléctrico, una apuesta público privada que prevé invertir nada menos que 24.000 millones en los próximos tres años, no sería descabellado pensar en el fortalecimiento del corredor del Ebro como foco de la industria del automóvil.

En Aragón, los retos son múltiples y la pelea por la instalación de la fábrica de baterías es un claro ejemplo

Sánchez ha querido que este presente político se conjugue en clave de influencia, reproduciendo un superado modelo de afinidades y lealtades personales donde la capacidad de acceso a su figura y a su entorno orgánico se entiende como un valor. La financiación autonómica, los fondos europeos (que conviene recordar no llegarán territorializados) y hasta la negociación por la fábrica de baterías, responderán a este criterio de proximidad. La actual distancia política entre Lambán y Sánchez, confirmada tras conocerse el nombre de la nueva delegada del Gobierno, la oscense Rosa Serrano, que sin arrastrar ninguna tensión añadida es ajena al entorno del presidente regional, actúa como otra evidencia más de unas intermitentes relaciones con Madrid que solo se comprenden desde el código de la influencia.

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