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Tiempo del ocio, no del saber

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/07/2021 A LAS 05:00
'Tiempo del ocio, no del saber'
'Tiempo del ocio, no del saber'
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El Premio Nobel de Literatura Paul Valéry advirtió en el preludio del siglo XX que la cultura, como valor espiritual, estaba en vías de extinción, destronada por la industria y el consumo. 

Su premonición se adelantó en el tiempo, pero acertó en el diagnóstico, como lo han confirmado pensadores de la talla de Adorno, Saramago o Vargas Llosa. Cuando hace dos años, el Nobel hispano-peruano estuvo en Zaragoza reflexionó sobre el "choque de trenes entre la cultura audiovisual y la de las ideas". Ahora, César Antonio Molina se suma a esta alerta con su ensayo ‘¡Qué bello será vivir sin cultura!’. El que fuera ministro y director del Instituto Cervantes asegura que las nuevas tecnologías merman nuestro poder de decisión y alerta del "colonialismo digital" en el que vivimos.

Lo cierto es que la gran paradoja de la pandemia es que, mientras el sector languidecía, el consumo de contenidos culturales se disparó. El 70% de las conexiones a internet han sido para acceder a cine, series, música, videojuegos y libros ‘on line’. El ‘Homo sapiens’ se está transformando en ‘Homo pantalicus’, absorbido por las pantallas de la televisión, de los ordenadores y, sobre todo, de los teléfonos móviles. Este entretenimiento global (las series de Netflix o Amazon se ven en todo el mundo) representa el último estadio de la cultura masificada: menos exigente, más accesible, menos elitista, más aparentemente divertida y placentera, conformista y muy dependiente de quienes tienen el poder de sus medios de difusión. Porque son las élites las que impulsan la adaptación de toda la sociedad a una armonía básica que recibe el nombre de ‘cultura dominante’. Es con la educación y la transmisión del canon establecido como se construye esta legitimación cultural. El premio Príncipe de Asturias Edward Said ya denunció con su célebre ‘Orientalismo’ que la cultura dominante es creada por el poder para sus propios intereses.

La cultura ha quedado enclaustrada durante la pandemia. Cines, teatros, librerías, galerías, festivales… todo paralizado

En España, la cultura ha dejado de ser el contrapoder que fue en los años setenta y ochenta. La rebeldía creativa que impulsó el final de la dictadura fue, poco a poco, absorbida por el nuevo poder establecido. Jordi Costa afirma en ‘Cómo acabar con la contracultura’ (2018) que "la historia de la contracultura en España es el fracaso de una revolución utópica que acabó siendo absorbida por el mismo enemigo que nació para combatir". La RTVE de José María Calviño (padre de la actual ministra de Economía) tuvo un papel clave, entre 1982 y 1986, en el moldeado de lo que Jordi Costa ha bautizado como "el gusto socialdemócrata" entendido como "consensuada sensatez nacional".

En la Transición y en las dos décadas posteriores, los gobiernos apostaron por la cultura como instrumento de modernización y afianzamiento de la democracia, consolidando valores de pluralismo y convivencia. La etapa posterior, marcada por las crisis económicas, no ha generado hasta el momento una alternativa consistente, sino aldabonazos de indignados y nacionalistas.

Ahora, la cultura es considerada un elemento tan prescindible y subalterno que solo figura como la última prioridad presupuestaria. Lo más inquietante es que a casi nadie parece importarle. El resultado, a ojos vista, es una sociedad que prima el espectáculo frente a la inteligencia; los instintos frente a la razón; la consigna frente al conocimiento; el fetichismo de la tribu frente a la idea cívica de proyecto común; la ocurrencia frente a la investigación; la drogodependencia emocional frente al pensamiento crítico…

¿Por qué no han saltado las cuadernas de nuestro sistema social? Porque el XXI no es un siglo de cultura, sino de entretenimiento

Sin caer en el tópico manriqueño de que ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’, hay que asumir que quizás tampoco lo ha habido más vacuo y escandaloso que el actual. Las ideas han dejado de ser consideradas fuerzas capaces de cambiar radicalmente el orden del mundo, como lo fueron en el pasado reciente. Hoy se enseñorean otros poderes: el económico y el tecnológico.

Entonces, ¿cuál va ser el futuro de esta cultura inmunodeprimida? Son muchos los pensadores (desde el propio César Antonio Molina a Javier Gomá, pasando por Victoria Camps y José Antonio Marina) que se niegan a caer en el pesimismo. A pesar de todo, no estamos condenados de forma irreversible al desánimo existencial. La propia cultura, entendida como valor espiritual, exige no rendirse sin dar la cara por ella. 

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