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tribuna

Las rumbas de Sagarra

Por
  • Julio José Ordovás
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/07/2021 A LAS 05:00
'Las rumbas de Joan de Sagarra'
'Las rumbas de Joan de Sagarra'
Pixabay

Zaragoza en verano no es precisamente Baden-Baden. 

Es más bien una sucursal del infierno, con cuarenta grados a la sombra y ese hedor a ciénaga que sale del Ebro y se extiende por media ciudad. Al caer la tarde, rociado de repelente contra los mosquitos, me siento en la terraza del Gallagher, a la sombra de las murallas romanas, con una pinta de Murphy’s y ‘Las rumbas’ de Joan de Sagarra que Libros de Vanguardia ha reeditado cincuenta años después de que Salvador Pániker las publicara en Kairós.

A los que se les llena la boca con los nombres de Truman Capote, Tom Wolfe y Hunter S. Thompson, les recomendaría que leyeran estas crónicas tan ácidas como divertidas que el hijo de Josep Maria de Sagarra publicó a finales de los años sesenta en el ‘Tele/eXpres’, periódico barcelonés, creado a imagen y semejanza del ‘France Soir’, donde se batieron el cobre, entre otros, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Jaume Perich y el alcañizano Darío Vidal.

Joan de Sagarra fue el ‘enfant terrible’ de la ‘gauche divine’ barcelonesa, aquella alegre muchachada que se hinchaba de beber, bailar y gallear en el Bocaccio de Oriol Regàs, y sus rumbas son el testimonio vitriólico de muchas noches de humo, risas y jazz, cuando Barcelona aspiraba a convertirse en una ciudad pop, mientras que Madrid seguía siendo un poblachón manchego, de cocido en Lhardy y café con leche y tabaco macho en el museo de cera del Café Gijón.

Joan de Sagarra no solo había nacido en París (en 1938), sino que su cabeza y su corazón eran franceses, y citaba con desparpajo a Lautréamont, a Artaud y a Aznavour, lo que al españolito medio, que no había pasado de Perpignan, tenía que sonarle a chino. En las rumbas de Sagarra, Teresa Serrat baila con Copito de Nieve, Terenci Moix cita a Gramsci, Ovidi Montllor conduce un cupé (sacrilegio que la izquierda de carajillo y palillo entre los dientes consideraba pena de excomunión, porque los genuinos izquierdistas, además de serlo, tenían que parecerlo), Manolo V el Empecinado le escribe una copla a su tía Daniela y los cuervos de Walt Disney toman nota de todos los que entran y salen de la logia de la calle Muntaner, homenajeada y también satirizada por su gran amigo Juan Marsé en ‘Noches de Bocaccio’.

Las crónicas de Sagarra tenían un lenguaje distinto y un ritmo nuevo, en una época en que la mayoría de los articulistas españoles escribían a ritmo de violín

El joven Sagarra disfrutaba como un niño con una pistola de agua epatando a la burguesía catalana y a la oficialidad madrileña. Él fue, por si todavía hay alguien que no lo sabe, el acuñador de la ‘cultureta’, marbete que tanta fortuna ha hecho en este país en el que siempre han proliferado y prosperado los eruditos a la violeta y los maestros liendres y donde la ortodoxia nacionalista y la ortodoxia progresista siguen, hoy como ayer, imponiendo sus leyes.

Las crónicas de Sagarra tenían un lenguaje distinto y un ritmo nuevo, en una época en que la mayoría de los articulistas españoles escribían a ritmo de violín, de organillo o de guitarra de catequista, tomándose en serio aquella cursilada umbraliana de que la columna es el soneto del periódico. Sagarra ha tenido más hijos (periodísticos) que Julio Iglesias, de Quim Monzó a Enric González, pasando por Marcos Ordóñez, pero para mí solo ha habido otro articulista realmente rumbero: Francisco Casavella, a quien William Burroughs tenga en su gloria.

En uno de sus artículos, Sagarra citaba a Erasmo: "Nada hay más estúpido que hablar seriamente de frivolidades; pero nada resulta más espiritual que servirse de frivolidades para hablar de cosas serias". La estupidez, sin duda, ha triunfado, ahora que todo el mundo habla seriamente de frivolidades y muy pocos tienen el valor y el talento, como Sagarra, de servirse de frivolidades para hablar de cosas serias.

Joan de Sagarra lleva casi sesenta años escribiendo artículos y zampándose un libro al día, y sus devotos sabemos qué whiskey (sic) bebe, qué puros fuma y dónde suele tomarse el aperitivo. Una vez le pregunté por qué no escribía sus memorias y él me dijo que sus memorias las había dejado escritas en sus artículos. Lástima que, por pereza o por falta de vanidad, solo haya publicado dos libros de crónicas. Estas juveniles ‘rumbas’ y ‘La horma de mi sombrero’.

Como su admirado Bernard Frank, Sagarra se ha erigido en personaje de sí mismo, un personaje un poco huraño, muy generoso y terriblemente seductor, pero no ha permitido que ese personaje le devorara, quizá porque fue consciente desde el principio de que los laureles y la responsabilidad de la historia de la literatura le correspondían a su padre. 

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