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la columna

Balizas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 06/07/2021 A LAS 05:00
'Balizas'
'Balizas'
Pixabay

Las noches de verano están llenas de una claridad especial, aunque no brillen las estrellas ni la luna. 

Aunque ya no resplandezcan las luciérnagas. Ni se vean relámpagos en el horizonte. Las ideas y los recuerdos, sin embargo, caen silenciosos como copos de nieve mágicos y se posan en una cabeza insomne.

Recuerdo la última vez que vi luciérnagas. Fue una noche de julio de 2002. Estábamos en el Monasterio de Veruela, en un taller literario de varios días. Tanto Carlos Castán como Luis Sepúlveda (dos de nuestros profesores) nos habían transmitido su pasión por la literatura. Vida y literatura eran hermanas siamesas.

Pernoctábamos en las celdas del monasterio, pero las comidas y las cenas las hacíamos en un restaurante cercano al que íbamos caminando como escolares de excursión. La naturaleza y la presencia del Moncayo tenían en mí un efecto euforizante. Todavía no había asumido la publicación de mi primer libro y me sentía una impostora. Luis Sepúlveda amaba la vida y me di cuenta de que no se podía escribir desde otro sentimiento que no fuera el amor.

Después de cenar regresábamos al monasterio por un camino sin farolas. Intentábamos ayudarnos de la tenue luz de las pantallas de aquellos viejos móviles que no tenían linterna. Una de esas noches, el camino estaba iluminado con cientos de pequeñas lucecitas verdosas que nos guiaban como balizas en una improvisada pista de aterrizaje. Aquellas luciérnagas me maravillaron. Su recuerdo se instaló en mi cerebro. Algunas noches de verano me siguen guiando en la oscuridad hasta mi celda. 

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