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la rotonda

Palimpsestos jaqueses

OPINIÓNACTUALIZADA 27/06/2021 A LAS 05:00
La catedral de Jaca, uno de los monumentos más destacados del conjunto histórico de la ciudad.
'Palimpsestos jaqueses'
L. Z.

Los palimpsestos son esos manuscritos en los que se ha borrado lo que estaba escrito anteriormente –el texto primitivo o el que ya había sustituido a éste–, para volver a escribir sobre él un nuevo texto y aprovechar y reutilizar de ese modo el soporte empleado.

Muchas veces las cosas no guardan ya recuerdo de lo que fueron, y he pensado en ello estos días al recordar dos distintos tipos de palimpsestos –o algo que pudiera parecérseles– con los que me he encontrado recientemente en Jaca, la primera capital de Aragón y cargada sobradamente por ello de historias escritas y reescritas.

En el antiguo lavadero de Jaca, en la Fuente de los Baños, se pueden ver en la actualidad unos sarcófagos antropomorfos de piedra, de época medieval, cuya función a día de hoy es conducir el agua de la fuente hasta el lavadero. Según han escrito en ‘El Pirineo Aragonés’ Enrique Bayona y José Ángel Gracia (por quienes conocí estos sarcófagos), esas construcciones de piedra procederían del antiguo veneratorio de la plaza Biscós, que fue derruido en 1907 y que durante años albergó el cuerpo de Santa Orosia antes de que fuera trasladado a la Catedral.

Muchas veces las cosas no guardan ya recuerdo de lo que fueron

Tras la demolición del templete, no se sabía qué hacer con esos sarcófagos –como les recordó a Bayona y Gracia el canónigo-archivero de la catedral de Jaca D. Juan Francisco Aznárez, un sacerdote ilustrado natural de Ansó, de casa Chorchis, autor de un vocabulario ansotano que envió a Resurrección María de Azkue y de unos ‘Estudios de historia jacetana’ (Huesca, 1960), de una ‘Guía del Museo Diocesano de Jaca’ (Jaca, 1963), o de unos ‘Datos históricos de Abay’ (Jaca, sin fecha), entre otros libros y folletos que andan por casa– y pensaron que podrían ser útiles en el lavadero para ayudar a la retención y la conducción de las aguas. Lo más llamativo es que, según los testimonios de algunos ancianos que recogieron Bayona y Gracia, esos sarcófagos de piedra que hoy vemos en el viejo lavadero serían la auténtica tumba del pastor que, según la leyenda y la tradición mantenida durante siglos, condujo el cuerpo de Santa Orosia desde el monte de Yebra hasta Jaca.

Esas viejas tumbas, que al menos desde el siglo XI estaban consideradas por los creyentes como cenotafios de santos y ante las que los más mayores aún se santiguaban recordando su origen sagrado, hoy son parte del viejo lavadero jaqués y en él –y junto a ellas– se homenajea cada año a las lavanderas que dejaron allí lo mejor de sus vidas, lavando para los demás, para poder sacar a sus hijos adelante. O sea, que hoy vemos lo que parece una construcción humilde (el lavadero y unas pilas de piedra por las que corre el agua) pero la historia nos enseña que en otra época aquellas piedras fueron algo muy distinto. Sobre ellas se ha reescrito un nuevo destino y las hemos convertido en un palimpsesto.

Así ocurre con dos palimpsestos –o algo que pudiera parecérseles– que se pueden encontrar en la primera capital de Aragón, cargada por ello de historias escritas y reescritas

Lo mismo, pensé, ocurre con el local de la jaquesa calle de Echegaray número 8, antes 12. El librero Juanín me mostró un anuncio publicitario, de los años de la II República, de la pescadería ‘La Porteña’, de Ramón Roldán, que abría sus puertas en ese lugar de la calle Echegaray y que, según rezaba aquella publicidad, recibía el género "diariamente de San Sebastián". En una de las fotografías que se reproducían en el anuncio, y detrás del mostrador de la pescadería y de quienes en ella trabajaban, podía verse colgada una fotografía de Galán y García Hernández que dejaba bien patente la ideología republicana de su propietario. Pues bien, esa ostentación de republicanismo le costó la vida al pescatero Roldán al comienzo de la Guerra Civil.

Fui a ver ese local de la calle Echegaray y ahora está vacío y se ofrece en alquiler. Aún puede leerse el nombre del último negocio que en él se estableció: ‘Mallatas’. ¿Cuántas vidas y cuántas ilusiones habrán latido en ese local desde los años de Ramón Roldán? Otro palimpsesto que unos han ido escribiendo sobre la memoria de los otros. Y quien lo coja ahora, el emprendedor que sueñe en ese local con un futuro mejor para él y sus hijos, escribirá de nuevo otros renglones en su historia, escribirá sin tal vez saberlo sobre la memoria y la sangre de Ramón Roldán, el pescatero que pagó con su vida su adhesión a la causa de la República.

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