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El aprobado no es un derecho

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 19/06/2021 A LAS 05:00
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'El aprobado no es un derecho'
Heraldo

Los habitantes de Esparta estaban obligados a entregar a sus hijos al pedónomo, un ciudadano revestido de la máxima autoridad que los instruía con rudeza y que castigaba con latigazos el menor desliz. 

Esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’ ha perdurado en algunos países asiáticos. Sin embargo, en Occidente, poco a poco se ha ido imponiendo otro modelo menos estricto. En España, tras poner fin al modelo dictatorial de la escuela franquista, hemos asistido a un exasperante movimiento pendular atendiendo a qué partido presidía el Gobierno. La prueba es la sopa de letras de las leyes educativas de las cuatro últimas décadas: LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE, LOMLOE. Las consecuencias de tantos vaivenes están a la vista: la falta de un pacto educativo, el desbarajuste legal, la escasa implicación de las familias, las ilusorias expectativas que se crean en torno a los hijos, la escasa valoración social de los docentes, la falta de apoyo a su labor y el debilitamiento de su autoridad. Se está llegando a un punto en que la sociedad empieza a creer que el aprobado es un derecho constitucional como es el del voto.

La clave de este desaguisado la define el filósofo José Antonio Marina cuando advierte que lo que en el campo político puede ser defendible, no puede aplicarse sin más a los métodos de aprendizaje. Eso ha sucedido, por ejemplo, con dos principios de nuestra sociedad: el ‘esfuerzo’ y el ‘mérito’. Ambos valores se consideran hoy ‘de derechas’, pero cabe preguntarse si lo son realmente.

La educación en España está ideologizada. Desde hace varios siglos, se organiza atendiendo a razones religiosas, políticas o economicistas

Para empezar, la Historia no avala esta tesis. De hecho, fueron los revolucionarios franceses los que introdujeron la ‘meritocracia’ como ariete contra los privilegios de casta: los puestos no debían ser ocupados por herencia, sino por mérito.

Desde la óptica de la política, en cambio, la ‘cultura del esfuerzo’ sí que debe considerarse como un principio de la derecha frente a la izquierda y su ‘cultura de los derechos’. Por un lado, los referentes filosóficos del conservadurismo liberal (desde el norteamericano Robert Nozick al europeo Michael Oakeshott) consideran el ‘esfuerzo’ como una verdad de carácter universal sobre la que debe organizarse cualquier sociedad: es el único camino para desarrollar el talento, para ser competitivo como persona y como sociedad. No hay nadie brillante que no tenga detrás de sí muchas horas de entrenamiento. Proponen como idea-fuerza una frase de Larry Bird, uno de los grandes exjugadores de la NBA: "Es curioso, cuanto más entrenamos, más suerte tenemos". En el otro lado, los filósofos progresistas (desde el estadounidense John Rawls al alemán Jürgen Habermas) advierten que una sociedad construida esencialmente sobre los valores del ‘esfuerzo’ y el ‘mérito’ sería individualista, elitista, cada vez más desigual, donde se dejaría a cada cual a merced de su capacidad de esforzarse.

Dentro del plano político, cada ciudadano tendrá su posición en esta disyuntiva. En el ámbito académico, los parámetros son otros. De entrada, es necesario fomentar la cultura del esfuerzo porque sin ella no es posible desarrollar las capacidades de los niños, adolescentes y jóvenes. Es así de sencillo. No se aprende sin esfuerzo. Lo explica con claridad meridiana Athanasios Usero, el alumno que ha obtenido la máxima nota en Aragón en la selectividad, al hablar de su estudio: "Siempre que te marcas un objetivo hay que sacrificar algo para alcanzarlo. He tenido tiempo para ver a amigos y familia, pero menos del que me hubiera gustado".

Hoy, la pugna ideológica alimenta la falacia de que un sistema justo e inclusivo está reñido con el esfuerzo

La formación es una de las principales herramientas para luchar contra la desigualdad social. El Estado tiene que garantizar la calidad de la enseñanza y evitar la segregación socioeconómica en los colegios. El alumno tiene que poner voluntad y esfuerzo; un esfuerzo eficiente y con sentido. No se trata tanto de estudiar durante más horas como de conseguir aprender más en menos tiempo.

La Educación es un derecho de todos los ciudadanos porque los derechos fundamentales no dependen del mérito ni del esfuerzo. Sin embargo, el aprobado no lo es, exige perseverancia.

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