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Por
  • Andrés García Inda
OPINIÓNACTUALIZADA 04/06/2021 A LAS 05:00
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POL

Cada tiempo y cada lugar tienen su propia banda sonora, y hay sonidos que por sí mismos los evocan y despiertan en nosotros. 

También cada estación y cada parte del día tiene su propia melodía, que la misma naturaleza se encargaba de entonar y que, si aguzamos el oído, aún se dedica a marcar el ritmo de las horas. En esta época, por ejemplo, uno puede todavía despertarse cantando laudes con el gorjeo aflautado de los mirlos, percibir el calor sofocante de la hora de nona en el zumbido industrial de las chicharras, escuchar vísperas con la algarabía infantil de los vencejos o tratar de dormirse musitando completas con el latoso arrullo de las palomas. Aunque también es verdad que cuando uno intenta concentrarse o descansar tanta polifonía puede llegar a importunarnos, como si la pulsión sensual de la vida que en ella se expresa, en lugar de estimularnos o servirnos de consuelo, se dedicara a divertirse con nosotros hurgando en la herida de nuestro propio deseo insatisfecho.

En el debate público en nuestro país se habla mucho pero se escucha poco

Como parte de ese ecosistema, el ser humano también acompañaba con sus propias tonadas ese ritmo melodioso de la vida: el tañido de las campanas o las sirenas que anunciaban la hora, el murmullo de la conversación, el voceo del intercambio y la percusión del trabajo..., como si fueran el reflejo exterior de un eco interior, porque cada tiempo vital también tiene en cada persona su propia expresión: el balbuceo y la risa, la canción y el gemido... En nuestro tiempo, sin embargo, la técnica parece haber suplantado a la naturaleza y la cultura, y uno de los efectos de la vida en el tiempo de las máquinas es que el ruido o la música de ascensor que estas proporcionan a todas horas hace que todo suene siempre igual, hasta el punto de que ya no somos capaces de distinguir la queja del auxilio. La contaminación acústica y la exposición al ruido, se dice a menudo, genera problemas auditivos; pero el problema no es solo no poder oír, sino saber escuchar. Y ya no escuchamos nada porque ni siquiera oímos. En uno de los cuentos que Jean-Claude Carrière recogió en su libro ‘El círculo de los mentirosos’, y que tiene lugar en algún lugar de Arabia, "…un maestro y su discípulo caminaban lentamente por un bancal en plena noche. De repente, el discípulo dijo a media voz:

—Qué silencio…

—No digas: ‘Qué silencio’ —le aconsejo el maestro— Di: ‘No oigo nada".

Tal vez una de las necesidades más apremiantes de nuestro tiempo sea precisamente la de poder y saber escuchar, y la de ser escuchados. Porque incluso cuando aparentamos hacerlo solemos empeñarnos más en pensar qué y cómo podremos responder al otro que en atender a lo que dice, más preocupados por percibir el eco que su mensaje deja en nosotros (apostillando, aconsejando, rebatiendo, orientando...) que por intentar descubrir quién es, qué cuenta y de dónde viene la voz que nos llama desde fuera. Pero la verdadera escucha no es necesariamente la que responde (y menos la que lo hace inmediatamente), sino la que se muestra en la atención y la presencia. De hecho, buena parte de nuestro debate público (y seguramente estos artículos, como tantos otros, son un perfecto ejemplo de ello) es lo que en el lenguaje común llamamos un diálogo de sordos, una acumulación a menudo desordenada y simultánea de monólogos en la que todo el esfuerzo va dirigido a expresar e imponer la propia opinión, al margen de los otros. El resultado es –o somos– un desafinado e ininteligible coro de voces aullando cada vez más fuerte para intentar ser escuchados.

El esfuerzo de quienes intervienen se dirige exclusivamente a imponer
la propia opinión, creando una acumulación desordenada de monólogos

Puede que el buen articulista, como el verdadero artista, no sea solo el que dice algo, sino el que lo escucha. El auténtico artista no es el que idea la belleza, sino el que la descubre; como tampoco el científico inventa la verdad, sino que la halla, siquiera sea parcialmente. Y cuando uno u otro canta o dice algo es como si lo reprodujeran en voz baja, con el respeto y la humildad de quien cuenta lo que oyó o no oyó pero sin querer violentarlo, porque no le pertenece totalmente, sino que se le dio como un secreto al oído, regalado. Quizá por eso también quien más escucha es quien más calla, como en la afasia del místico, incapaz de cantar lo que ha conocido. Decía con ecos socráticos en uno de sus apotegmas el filósofo oriental Chuang-Tzé: "El que lo sabe no lo dice, y el que lo dice, es porque no lo sabe". O porque no ha escuchado, añadiríamos. Aunque, en honor a la verdad, también cabe pensar que Chuang-Tzé, al afirmar eso, no sabía lo que decía.

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