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‘Realpolitik’ o ley internacional

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 22/05/2021 A LAS 05:00
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'‘Realpolitik’ o ley internacional
Heraldo

En una de las inefables cartas que Franco, "como Jefe del Estado de la Nación Española", dirigió en los años cuarenta al pretendiente al trono le explicaba que "las naciones en el exterior se guían por su propio interés y no por sentimentalismo"

Para que don Juan de Borbón no confiara demasiado en la ayuda extranjera para restaurar la monarquía en España, le ponía como ejemplo "la alianza de su Majestad británica con Stalin". ¿Podía encontrarse algo más extraño que la corona inglesa aliada con un comunista ruso? Ese era un buen ejemplo del pragmatismo mundial. Con su didactismo ramplón, el dictador le confirmaba que, si lo exigía el interés de la nación, su Majestad se aliaría con el mismísimo diablo, fuera rojo o azul.

El ‘generalísimo’ se sumaba así a la doctrina imperante sobre el manejo de los asuntos internacionales, el pragmatismo, que hunde sus raíces en la que se considera la época dorada de la diplomacia, la de Richelieu, Metternich o Bismarck. Desde el Renacimiento hasta las postrimerías del siglo XIX, príncipes y cancilleres dirigieron la política exterior como un juego de habilidades con el objetivo fundamental de mantener un equilibrio entre las potencias. Un fin que surgía del propio origen del Estado moderno, tal y como lo había concebido su creador intelectual, Maquiavelo, que lo separó de la religión y la ética. La diplomacia clásica europea se basaba, pues, en el equilibrio de poderes.

La primera reacción a esta práctica llegó en el siglo XVIII desde la otra orilla del Atlántico. La sociedad que comenzaba a articularse en América del Norte rechazó desde el principio una forma tan cruda de entender la política. El gran arraigo que el puritanismo religioso tenía en los primeros colonos dio lugar a que el pueblo norteamericano naciese con el convencimiento de que el nuevo país estaba destinado a llevar la democracia a todos los rincones del Planeta. No obstante, frente a este idealismo, los presidentes estadounidenses se inclinaron por la vieja teoría europea del equilibrio geopolítico porque, como decía lord Palmerston, "no hay amigos permanentes, sólo hay intereses permanentes".

La diplomacia del siglo XXI debe basarse en los valores democráticos

Estas dos visiones dieron lugar a las grandes corrientes sobre política exterior del siglo XX: la realista y la idealista. Los realistas (desde Aron a Kissinger) establecieron que lo que impera en la escena internacional es la política de poder y el interés nacional. Por contra, los idealistas (con el presidente Woodrow Wilson a la cabeza) insistieron en la política de valores y en la necesidad del control democrático, basándose en la existencia de una moral universal y en la aprobación por parte de una opinión pública bien informada.

Aunque ambas escuelas han tenido seguidores y detractores, lo cierto es que la mayoría de los gobernantes han optado por la ‘realpolitik’. También ha sido así en España: basta recordar cómo Felipe González llegó al poder hablando de idealismo, pero pronto sentenció que "blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones". Con Marruecos, por ejemplo, se ha actuado con un inestable pragmatismo, asentado desde mediados de la década de los ochenta en la teoría del ‘colchón de intereses’, pues cuantos más lazos tengan en común Rabat y Madrid, menos graves y frecuentes serán las crisis. Sin embargo, la monarquía alauí ha utilizado la presión migratoria y la cooperación antiterrorista y pesquera para ‘chantajear’ a Madrid y Bruselas.

Para eso hay que liberarse de los corsés de la ‘realpolitik’ y aceptar
los grilletes del derecho internacional y las alianzas transnacionales

El balance de cinco décadas de política exterior hacia Marruecos es malo. Ni se ha conseguido una plena y leal cooperación ni se ha solucionado el contencioso del Sahara, en el que España sigue teniendo una responsabilidad histórica como antigua potencia colonial.

La Moncloa debe lograr un equilibrio entre el pragmatismo y el idealismo, entre los intereses estratégicos y el Derecho internacional (que, entre otras cosas, garantiza la españolidad de Ceuta y Melilla). La razón de Estado existe, pero no puede ser la excusa para guardar silencio gubernamental ante graves violaciones de derechos humanos en el vecino del sur. España tiene un interés estratégico en la estabilidad del Magreb por razones obvias, pero no podrá asegurarse si Marruecos no progresa en materia de democracia y de desarrollo económico.

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