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OPINIÓNACTUALIZADA 11/05/2021 A LAS 05:00
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'A cubierto'
Pixabay

Decidimos quedarnos en Zaragoza el día que finalizó el estado de alarma. 

Podríamos haber salido corriendo hacia el mar, que es algo que permanece en algún rincón de nuestro genoma tortuguil. Pero como un pájaro enjaulado al que le abren la puerta, estábamos quizás un poco recelosos de la libertad de movimientos. Siempre hay algo de temor a lo inesperado, a introducir elementos nuevos en el rutinario devenir de los días. Tal como habían anunciado, la libertad vino acompañada de lluvia. Que acierten tanto los meteorólogos tal vez significa que incluso las nubes han sido definitivamente domesticadas. De todos modos, no íbamos a quedarnos encerrados en casa. Viajaríamos al barrio de Montecanal, a visitar a unos amigos que ya están vacunados. Hacía muchos años que no iba por esa parte de la ciudad. Cualquier novedad, por pequeña que sea, es suficiente para que alrededor de ella se forme una emoción. El cielo estaba negro y la emoción crecía igual que una perla dentro las ostras inoculadas con un agente extraño. Al final se desató una formidable tormenta. Yo estaba sentada a cubierto, frente a un hermosísimo espino albar que vino del Pirineo hace muchos años. Por efecto del viento y la lluvia intensa, de las ramas del espino albar caían diminutas flores blancas que iban cubriendo el suelo. Así es que nevaba y llovía al mismo tiempo. De repente un relámpago me deslumbró. Me acordé de John Travolta en ‘Phenomenon’. Cualquier vida, hasta la más irrelevante, puede dar un giro fantástico en una milésima de segundo. El trueno duró una eternidad.

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