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Cartas al director de HERALDO: 'La vacunación contra el cólera en 1971'

Por
  • Heraldo de Aragón
OPINIÓNACTUALIZADA 03/05/2021 A LAS 05:00
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'La vacunación contra el cólera en 1971'
Pixabay

'La vacunación contra el cólera en 1971'

Tenía yo 13 años. En Zaragoza y provincia se había detectado una epidemia de cólera. En aquellas lejanas fechas de 1971, con los precarios medio que había, con una situación sanitaria mucho más deficiente que la actual, en una semana se vacunó a más de 600.000 personas. La organización fue rápida, una especie de aquí te pillo aquí te mato, pero se hizo en pocos días coordinándose todas las fuerzas vivas para que la vacunación fuera rápida; y así sucedió y en una semana la epidemia quedó zanjada. Ahora, en la era de lo vertiginoso, donde todo sucede a golpe de clic, resulta que esto es una especie de sálvese quien pueda, unos comprando vacunas aquí, otros allá, algunos no se sabe dónde. Lo que llega a la población es una sensación de que nadie sabe nada. En contra de mi discurso será fácil aducir el argumento de que no hay suficientes dosis, pero más parece una batalla por confundir a la gente que por guiarla en estos momentos. Parece que los medios informativos y sanitarios se dedican a alarmar más que a crear confianza. Pero inoculan el miedo, el temor, la acusación. A la mínima, amenazan con nuevas restricciones y yo, profano, no sé si son necesarias o no, pero lo que si sé es que todo aquel que las ha propugnado tenía garantizado su salario (muchas veces no escaso) y todo hubiera sido diferente si le hubieran dicho: estrújate la cabeza en buscar alternativas porque la mitad de tu sueldo irá a los que no obtengan ingresos. No sé, espero que al final de este lúgubre túnel haya una luz, porque lo único constatable es lo dicho al principio. En una semana de 1971, sin móviles ni nada por el estilo, Zaragoza vacunó a 600.000 personas. Con eso está dicho todo. Las palabras sobran y el miedo también. Lo que falta es buena intención.

Juan Luis Encuentra Calvo. SOS DEL REY CATÓLICO

Vivir en el Actur

Somos un grupo de adolescentes de la parroquia de San Andrés que nos estamos preparando para la confirmación. Hemos estado analizando la situación de nuestro barrio, el Actur. Hemos destacado que en él hay un buen transporte público, con el tranvía y varias líneas de autobuses. Además, vive gente joven y hay gran variedad de actividades de ocio, varios centros de salud y varios institutos y centros educativos. Pero, a la vez, hemos detectado algunas cosas que se podrían mejorar: por ejemplo, la iluminación en algunas zonas es muy escasa y, a veces, las bombillas no funcionan. Por lo tanto, es un poco peligroso volver a casa de noche. Asimismo, el mantenimiento del suelo podría mejorar, ya que hay baldosas rotas y la gente puede tropezar. Por otro lado, hay bastante basura por las aceras, con lo que animamos a la gente a usar más las papeleras. Otra cosa que destacamos es que los bares ocupan demasiado espacio en la calle y en algunas ocasiones es bastante difícil el paso. Por último, vemos necesario que hubiera alguna residencia pública de ancianos en el barrio, así como que se construyera de una vez el centro de especialidades médicas prometido hace tanto tiempo.

Andrés Guayguacundo Yapo. ZARAGOZA

Enseñar y aprender

En esa nebulosa de nuestro cerebro donde se guardan, como en un trastero, los cachivaches que nunca más usaremos pero que tienen valor sentimental, recuerdo una conversación que en los años ochenta mantuve con un inspector de educación. Eran los años en los que, como todo joven, me animaba hacia las nuevas ideas educativas, que en aquel momento intentaba imponer el ministro José María Maravall, y que en aquellos años viví en un instituto de buen recuerdo que aún se llamaba Institución Virgen del Pilar. «Mire señor Fatás –me sentenciaba con tono aragonés–, para aprender vale lo mismo enseñar a mezclar los ingredientes de una ensalada que conocer los componentes que llevan a fabricar tornillos». No sé si en aquel momento me creí lo que aquel inspector me quiso insinuar, quizá mi juventud me llevó a convenir tal aberración. Mi madre hace unas torrijas o unas croquetas que te comes los dedos y sin embargo no entiende ni una sola noticia escrita. Aquel inspector era un iluso panglosiano, lo mismo que nuestros dirigentes de hoy, y yo un ingenuo o un cínico que llegaba a creer o a simular creer tal aberración. Es evidente que en mi materia hoy nadie enseña a memorizar los ‘Episodios nacionales’ de Galdós, pero es cierto que se enseñan nombres como predicativos, locativos, adjuntos, perífrasis, que no sé yo si son necesarios para leer y escribir bien. En todo caso habrá que explicar algo, y admito que todo termina siendo una conjunción de elementos previos que llevan a un resultado final, pero ingeniárselas para conseguir masa de croquetas no es lo mismo que fabricar una moto GP, y escribo esto no para despreciar que hay que saber engarzar las ideas (aprender a aprender) sino proponer contenidos diferentes para engarzar ideas. A lo mejor lo que hay que innovar no es cómo enseñar sino las antiguallas de materias que todavía enseñamos y… hasta aquí puedo escribir.

Javier Fatás Cebollada. ZARAGOZA

Después de una caída junto al Auditorio

Hace unos días tuve una fuerte caída al lado del auditorio. Inmediatamente, me levantaron unos señores amabilísimos y otras señoras tuvieron el detalle de cerrarme el bolso y limpiarme la cara de la gran brecha que llevaba en la frente. Con esta carta quiero hacerles llegar mi agradecimiento a todas estas personas que me dedicaron su cariño, su atención y su tiempo. Tengo 83 años y hasta que llegó mi hijo desde la puerta del auditorio, me sentí muy arropada con sus atenciones y cariño, el mismo cariño que les dedico yo en esta carta. Mil gracias, los recordaré siempre.

María Pilar Grábalos. ZARAGOZA

En un banco, el 23 de Abril

Lo dejé muy a la vista, en un banco despejado de la plaza Roma. Y yo a distancia, de observador. Unos pasaban cerca y no lo veían. Otros sí, pero no les llamaba la atención tal cosa. Algunos se paraban, lo observaban con las manos en los bolsillos y seguían su camino. Hubo quienes lo tenían un momento en sus manos y lo dejaban. Algunos lo miraban con detalle y pasaban un minuto dudando qué hacer con aquello para, finalmente, marchar. Al fin, un matrimonio que llevaría ya el primer pinchazo de vacuna, se detuvo, él lo cogió con las dos manos, lo hojeó detenidamente y, tras un titubeo, se lo llevó con el acuerdo de su esposa. Era un libro impecable de aspecto, de editorial Planeta y de autor muy conocido. Fue mi manera de celebrar el 23 de abril, Día del Libro. Me fui a casa a gusto. Y me puse a saborear el mío recién comprado.

Ángel Hernández Mostajo. ZARAGOZA

Las cartas al director no deben exceder de 20 líneas (1.500 caracteres) y han de incluir la identificación completa del autor (nombre, apellidos, DNI, dirección y teléfono). HERALDO se reserva el derecho de extractarlas y publicarlas debidamente firmadas.

cartas@heraldo.es

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