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Siria, la guerra interminable

Por
  • Fernando Sanmartín
OPINIÓNACTUALIZADA 26/04/2021 A LAS 05:00
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Una calle de Damasco.
Youssef Badawi / Efe

El otro día paré en una gasolinera de Repsol. Estaba limpia. 

El empleado me preguntó: «¿Cuánto le echo?». Y le dije: «¡Llénemelo!». Mientras lo hacía observé que su mano mostraba dos anillos y advertí una cicatriz pequeña en su frente. Después me fui a pagar y, de paso, compré un paquete de almendras.

Me vino a la cabeza que una vez estuve en una gasolinera de Siria, cerca de Alepo, un verano que ya queda lejos y donde el calor te auscultaba. Allí compré unos pistachos y fui a un lavabo donde había dos cucarachas que parecían, por lo grande, dos halcones. Eran gemelas y corrían con destreza. Un sirio estaba sentado, junto a la puerta del lavabo, en un taburete de plástico. Y el desierto, alrededor, destejía las mentiras.

En aquella gasolinera de Siria vi una furgoneta con una vaca, de pie, que lo miraba todo. Había niños que hoy serán, es muy probable, soldados muertos. Y un hombre al que le faltaban varios dientes, que hablaba solo, con pinta de apóstol, asustaba. Ese hombre se dirigió a mí y deduje que me pedía dinero. Pensé en su infortunio y le di unas monedas, que cogió para restregárselas por la cabeza como si fuera un champú.

Llevan más de diez años en guerra y hace poco se publicó una foto de Siria donde había un coche sin asientos y sin neumáticos. El coche estaba en una gasolinera calcinada. Podía ser donde compré los pistachos.

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