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Medicina 3.0

OPINIÓNACTUALIZADA 22/04/2021 A LAS 05:00
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'Medicina 3.0'
POL

Al comenzar mi adolescencia desarrollé una rinitis que cada año fue a peor. Derivó en unos periodos de crisis asmática que se prolongaban durante la primavera hasta entrado el verano. 

Lo único que tuvo de bueno es que me declararon inútil para el servicio militar. Fueron años complicados. Muchos cambios, estrés, muchas emociones por digerir… Y muchos mocos. Entonces mi nariz parecía una fuente imparable, los ojos se ponían como tomates, me picaban los oídos hasta que llegaba el asma y me faltaba el aire. Mientras eso duraba no podía dormir bien, descansaba fatal.

Después de pasar por varios otorrinos probar distintos nebulizadores, pastillas, jarabes… terminé en un alergólogo. Era relativamente novedoso. Nos contó su historia y llenó mi brazo derecho con una ristra de números, cortes y gotitas. Tuve un mareo impresionante, me desvanecí, el cuerpo parecía un saco y todo daba vueltas. Hasta que me atizó un pinchazo y recuperé el aliento. La visita fue larga. Nos explicó que había tenido un conato de shock anafiláctico, que me había inyectado adrenalina y que me recuperaría. De ahí salí sabiendo que tenía alergia a las gramíneas. Mi cuerpo y el polen de estas plantas producían el resto.

Entonces comencé a querer saber qué me pasaba, qué me recetaban e intenté entender el porqué de cada cosa. El tratamiento fue un abanico de antihistamínicos, corticoides, ventolín y un experimento. Durante casi cuatro años me pinche algo así como una ‘vacuna’ personalizada que traían de Barcelona. Primero fueron dosis diarias, luego semanales, mensuales, trimestrales… Acompañado por diversos fármacos que paliaban, pero no solucionaban y generaban efectos secundarios. El ketotifeno del Zastén me dormía por las esquinas. Hasta que me harté. Y busqué otras soluciones. Acudí a un naturista y homeópata. Con mucha conversación, cambio de dieta, de hábitos y unas bolitas de allium cepa en diversas diluciones la cosa comenzó a mejorar. No fue automático, pero conseguí controlar el asma, la rinitis y la alergia. Descubrí que la salud y la medicina tenían otro enfoque. Pese a la opinión de amigos químicos –que negaban cualquier validez a eso que despreciaban como charlatanería–, funcionó. Desde entonces siempre que voy a un médico pregunto e intento entender y aprender. Quiero saber para encargarme de la parte que me toca. No soy solo un número, ni me convence el enfoque meramente orientado a justificar los remedios en función de las estadísticas. Quiero elegir y ser parte de mi tratamiento.

En la medicina se ha impuesto el paradigma mecanicista, pero al reducir el cuerpo humano a puras reacciones bioquímicas, al olvidar la dimensión anímica, perdemos parte de lo que somos y caemos fácilmente en la dinámica de la confusión y el miedo

Hay otras explicaciones no hegemónicas que también es conveniente escuchar. Ahora con la covid-19 se ha impuesto todavía más el paradigma mecanicista y bioquímico, dejando a un lado el holístico y humanista. Se explica la vida como piezas de un engranaje donde se puede intervenir y modificar con los instrumentos adecuados. Esto viene acompañado de una industria farmacéutica que crece alimentando un sistema sanitario ‘drogodependiente’ y mecanizado. Es cierto que se consiguen éxitos increíbles. Pero también tienen su precio. Además de la deshumanización, este tipo de medicina dentro de nada no necesitará médicos. Tendremos robots, algoritmos y protocolos que calcularán probabilidades y nos asignarán expectativas. Solo harán falta gestores.

Al reducir el funcionamiento del cuerpo humano a puras relaciones bioquímicas y moleculares, al simplificar y olvidar la parte espiritual y anímica perdemos parte de lo que somos. Y caemos en dinámicas como las que estamos viviendo ahora. Solo somos números dentro de una cadena de rituales. Estamos sometidos a inercias donde se nos aliena con la pastilla o la vacuna ‘ad hoc’ en nombre de una ‘ciencia’ convertida en religión indubitable, en manos de intereses de todo tipo, que consideran pseudociencia a lo que no encaja con lo suyo. Nos falta recuperar la parte olvidada. La tormenta de desinformación, de intereses económicos y políticos, adobados por una mala gestión administrativa nos han traído a un escenario donde el problema sanitario y de salud pública se cuenta de tal manera que crecen la confusión, la incertidumbre y el miedo. Queda mucho por hacer, sobre todo poniendo a las personas en el centro y no otros intereses.

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