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España y la innovación médica

Por
  • Antonio Asso
OPINIÓNACTUALIZADA 02/04/2021 A LAS 05:00
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'España y la innovación médica'
POL

Hace ahora 90 años, Werner Forssmann fue expedientado, en el hospital alemán donde trabajaba como médico, por introducir un catéter desde una vena de su propio antebrazo hasta el corazón y documentarlo en una radiografía. 

Desde siempre, el corazón se había considerado un santuario intocable. En aquella época, dicho acto fue entendido como una profanación injustificada, pero abrió el camino de la cateterización cardíaca. En la segunda mitad del siglo XX, Andreas Grüntzig inauguró en Zúrich la vertiente terapéutica del cateterismo (la angioplastia coronaria) a pesar de la prohibición de su jefe en Alemania de aplicar la técnica; Michel Mirowski desarrolló la tecnología del desfibrilador implantable luchando contra la opinión contraria de expertos; y a ambos lados del Atlántico varios pioneros comenzaron a tratar las arritmias cardíacas mediante ablación con catéter en un clima contrario por considerar agresiva la técnica.

Las historias reseñadas están situadas en el área de la cardiología, pero tienen su réplica en todas las especialidades médicas, y comparten el rechazo inicial del ‘establishment’ ante cualquier innovación significativa. Representan también ejemplos paradigmáticos de la esencia del progreso médico: la sinergia entre tecnología, bioingeniería y medicina. Para entender las circunstancias del desarrollo tecnológico actual debe invocarse un término en su anglicismo original: la empresa ‘start-up’ o emergente. Representa el eslabón que enlaza una necesidad determinada (en este caso clínica) con la idea y el desarrollo técnico para su solución. Una ‘start-up’ se definiría en nuestro ámbito como una iniciativa empresarial integrada por una estructura financiera básica que soporta a grupos de ingenieros, médicos y otros profesionales con el objetivo de desarrollar o mejorar un determinado proceso e implementar una herramienta con una intención finalista. Su mayor fortaleza reside en su dinamismo y focalización temática. Confirmada la ‘prueba de concepto’ de la idea, la empresa emergente será eventualmente adquirida por una corporación con suficiente músculo financiero para completar el desarrollo y la comercialización del proyecto. En este itinerario, no solo se benefician los accionistas de la empresa, sino que se generan incentivos y beneficios a todos los niveles, incluyendo para el país donde se radica, como receptor del valor añadido de tales procesos. Al final, el médico ha conseguido la herramienta que necesitaba, la intervención se realiza con mayor eficacia y, si el proceso además resulta eficiente, podrá aplicarse a más enfermos.

Las ‘empresas emergentes’ tienen un papel destacado en la innovación tecnológica en el campo de la Medicina

Pero, ¿por qué en España surgen tan pocas de estas compañías emergentes o ‘start-up’? Probablemente la respuesta sea multifactorial. En nuestra sociedad, la iniciativa y la creatividad están lastradas por un contexto sociocultural poco predispuesto a iniciativas empresariales de incierto resultado. Los discursos políticos se adornan con recursos idiomáticos y conceptos como el ‘valor añadido’ y el I+D+i. En la práctica, el entramado sociopolítico, cortoplacista en sí mismo, resulta incapaz de generar avenidas reales por donde encauzar iniciativas que, por otra parte, deben partir del individuo. Poco ayudan al optimismo los datos publicados por la CRUE (Conferencia de Rectores de Universidades Españolas) informando de que las denominadas carreras STEM, que agrupan las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, han sufrido un descenso de matriculados del 30% desde el año 2000.

Israel es un país que constituye la réplica a España en cuanto a la capacidad de creación de iniciativas empresariales tecnológicas. Un libro publicado en 2009 por Dan Senor y Saul Singer con el sugerente título de ‘Israel: start-up nation’ interpreta las circunstancias del espectacular desarrollo tecnológico israelí y su consiguiente milagro económico. ¿Qué lecciones nos puede enseñar un país de solo nueve millones de habitantes, en constante conflicto con su entorno, que carece de recursos naturales, pero que ha fundamentado en su tecnología una sólida base de prosperidad económica? ¿Qué atesora una nación de tan reducido tamaño para poseer más empresas cotizando en el Nasdaq –el índice bursátil de empresas tecnológicas– que toda Europa, Japón, Singapur e India juntas? El éxito de sus innumerables pequeñas empresas tecnológicas solo puede explicarse mediante la invocación de una constante predisposición a superar las dificultades mediante la cultura del esfuerzo, enfatizando desde el núcleo familiar el saber y la adquisición de conocimiento. Lamentablemente, muchas de estas cualidades brillan por su ausencia en nuestro país –salvo obvias y honrosas excepciones–, donde algunos colectivos aún promueven incluso el aprobado general educativo como norma, no como objetivo. La ingenuidad de tales supuestos y la actitud vital que transparentan es conmovedora.

Mientras la masa crítica que constituye la sociedad española no asuma nuevamente las virtudes del esfuerzo, la preparación, la competitividad y la superación, poco podrá hacerse. Las soluciones deben derivarse de cambios tanto en la mentalidad individual como en la colectiva. En esa transformación deben participar las administraciones públicas y los colectivos sociales, asumiendo todos ellos que la valentía conlleva aceptar la posibilidad del error.

En España, el clima social no favorece su aparición

La siguiente revolución en Medicina vendrá de la mano de la Genética, las tecnologías digitales y las herramientas terapéuticas que la biología molecular proporcionará. Cientos de empresas ‘start-up’ gravitan ya en todo el mundo en torno a estas tecnologías. En el siglo XXI, poseer y desarrollar innovación tecnológica es el equivalente a lo que fue disponer de recursos naturales al inicio de la revolución industrial. A diferencia de entonces, ahora las naciones participan en el diseño de su propio futuro, pues la más valiosa materia prima es la innovación, el dinamismo y la creatividad de sus habitantes. Cuanto más novedosa sea una idea mayor dificultad tendrá su materialización, siendo la inteligencia, el coraje y la determinación las armas imprescindibles para superar los obstáculos cuando un concepto realmente innovador es planteado. Mirowski, el pionero del desfibrilador implantable antes mencionado, siguió siempre al pie de la letra su lema preferido: "Los baches del camino no son baches, son el camino", hasta lograr su propósito. Cada sociedad es reflejo de quienes la integran, pero al final, como Ramón y Cajal afirmó: "Todo hombre es, si se lo propone, dueño de su propio destino".

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