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Más escuela

OPINIÓNACTUALIZADA 31/03/2021 A LAS 05:00
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'Más escuela'
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Las aulas esta semana de Pascua están vacías a la espera de que los estudiantes retomen las clases y continúen su proceso de aprendizaje. Pero hay demasiados lugares donde un año después del comienzo de la pandemia siguen estando vacías. 

América Latina y el Caribe es la región del mundo con el mayor número de estudiantes que aún no asiste a las aulas. Los niños y las niñas de esta región han perdido, de media, 158 días de clases presenciales. A día de hoy, solo siete países de América Latina y el Caribe han abierto completamente sus escuelas. En doce países y territorios las escuelas permanecen completamente cerradas y en el resto de la región están parcialmente cerradas. Cuanto más tiempo permanezcan los niños, niñas y adolescentes fuera de la escuela, es menos probable que regresen. Se estima que más de tres millones de estudiantes en la región podrían abandonar definitivamente sus estudios a causa de la pandemia. Según un informe reciente del Banco Mundial, es posible que el 71% de los estudiantes de educación secundaria inferior, en América Latina y el Caribe, no sean capaces de entender un texto de extensión moderada. Antes de la pandemia, la cifra era del 55%. Ese porcentaje podría aumentar al 77% si las escuelas permanecen cerradas durante tres meses más. Una escuela cerrada es limitar una parte importante de la vida, es negar el recorrido de socialización y aprendizaje básico para millones de niños, que siempre son los más desfavorecidos. Añádanle las repercusiones que tendrá en sus vidas, dado que en estos países la desigualdad y la vulnerabilidad no han hecho más que crecer como consecuencia de la pandemia. El coronavirus dinamitó las ya deterioradas redes seguras de la infancia y puso en la cuerda floja a millones de escolares. Reclaman niños y familias lo mismo que hicimos nosotros hace un año, que se preserve, en cualquier circunstancia, su derecho a la educación.

La pandemia y los problemas sociales suponen que muchos niños y niñas, en algunas regiones del mundo, se vean privados del derecho a la educación

"Me gusta el colegio, pero ahora no quiero volver; tengo miedo". Umaira Mustafá, 14 años, vive en Jangebe, Nigeria. El pasado 26 de febrero fue raptada por un grupo de delincuentes junto a 278 compañeras de la escuela en la que estudiaba, para ser liberada cuatro días después. Su padre declaraba: "De momento la niña no va a volver a la escuela hasta que haya un mínimo de seguridad. Es el Gobierno quien tiene que garantizar que nuestras hijas puedan estudiar en paz". Afirmación lógica, pues la educación, como un derecho fundamental y como un derecho social, exige la enérgica intervención del Estado. Y, por tanto, la escuela es un símbolo de la presencia estatal. Allí donde hay un colegio hay Estado, por eso los colegios están en el punto de mira.

La ayuda al desarrollo permite que contribuyamos desde aquí a mantener abiertas las escuelas

Los datos son reveladores de la situación de esta zona. Pues África occidental y central son dos de las regiones del mundo con peor tasa de escolarización para niños de entre 6 y 11 años. Solo en Nigeria hay unos 80 millones de menores, de los que 13 millones no van a clase. Es evidente que la pobreza está detrás de estas cifras, dado que para muchas familias es imposible pagar los costes de transporte, libros, etcétera. En las zonas rurales y más empobrecidas, además, los niños se convierten pronto en mano de obra. Ellos, en el campo y ellas, en las tareas domésticas. Situación que se suele definir como ‘trampas de la pobreza’, determinada por un contexto del que es muy difícil salir por mucho que ellas quieran, e incluso puede suceder que ni siquiera sientan el deseo de salir pues no conciben que sea posible. Cuando se conocen estas realidades es normal preguntarse qué podemos hacer nosotros, habitantes privilegiados del primer mundo. ¿No les podríamos ayudar más desde los países ricos? Pues el progreso nos debe exigir no solo conocer las realidades sino impulsar políticas conscientes que repartan los beneficios en un mundo global y disminuyan las desigualdades. ¿No es posible ayudar a romper estas trampas de la pobreza aumentando y no disminuyendo, como algunos partidos proponen, la ayuda al desarrollo? Creo que debemos ser conscientes de nuestra existencia entrelazada e interdependiente. Dependemos los unos de los otros. Cuando nos damos cuenta de ello, y esta pandemia lo ha puesto de manifiesto, tendríamos que tener esa mirada cosmopolita que, siguiendo a Kant, Adela Cortina llama "la hospitalidad cosmopolita". Ahora es más necesaria que nunca.

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