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¿Qué nos espera mañana?

OPINIÓNACTUALIZADA 27/03/2021 A LAS 05:00
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'¿Qué nos espera mañana?'
Heraldo

Los pensadores más conspicuos dibujan ya cómo será el mundo post-covid

Joseph S. Nye, el teórico del ‘poder blando’, plantea cinco escenarios: el fin del orden liberal globalizado; un desafío autoritario al estilo de los años treinta; el predominio mundial de China; el triunfo de una agenda internacional verde; o, en quinto lugar, más de lo mismo. Varias de estas alternativas están también en el diseño que propone Daron Acemoglu, famoso por su ensayo ‘Por qué fracasan los países’ (2012). Presenta cuatro posibles horizontes: el del auge del poder autoritario, pero eficiente, por influjo del modelo chino; el del dominio tecnológico sustentado en los gigantes de internet; el del fortalecimiento del Estado de bienestar clásico, ‘el Estado del bienestar 3.0’; y el de la pasividad, el de no hacer nada.

El filósofo germano-surcoreano Byung-Chul Han no dibuja escenarios globales, pero subraya que el coronavirus acelera algunos males de nuestro tiempo, de los que él ya había dado cuenta en algunos de sus ensayos: el cansancio, la autoexplotación, el videonarcisismo, la digitalización, la histeria por la salud… Pero, como los dos autores citados, también considera que estamos ante un ‘punto de inflexión’. Mucho más radical es el provocador Slavoj Zizek, que, en su último libro publicado en España, ‘Como un ladrón en pleno día’, insiste en que el capitalismo se desintegra.

El informe anual de Riesgos Globales del Foro de Davos, principal cónclave del capitalismo mundial, establece que el hilo conductor de las amenazas actuales es la fragmentación social

Son, pues, numerosos los diagnósticos, pero solo hay una certeza: la democracia liberal está amenazada. Si buscamos más luz en la Historia, solo hace falta retrotraerse medio siglo para hallar otro momento en el que el capitalismo también vivió un punto de inflexión. Con la resaca del Mayo del 68, el liberalismo fue cuestionado por el neomarxismo y su influencia sobre los movimientos juveniles y pro-derechos civiles. En este convulso contexto, John Rawls publicó su respuesta a la crisis del modelo capitalista: ‘Teoría de la justicia’, un ensayo fundamental del que ahora se cumplen cincuenta años.

El que está considerado como uno de los grandes filósofos políticos del siglo XX construye la más sólida defensa de una idea básica: la libertad va unida a la igualdad y no puede desligarse de ella. Una democracia desigualitaria sería así una contradicción en sus términos. Su concepto de ‘liberalismo igualitario’ es, ante todo, una filosofía de la igualdad de oportunidades: en una sociedad justa, todo el mundo debe tener la posibilidad de hacer realidad sus ambiciones, sin que se lo impidan las desigualdades debidas a las circunstancias del nacimiento o a hechos accidentales.

Medio siglo después de publicarse ‘Teoría de la justicia’, en Occidente está averiado el ascensor social, triunfan los populismos y, de repente, surge una pandemia que puede dar lugar a otro orden internacional. Cuál sea el paradigma de este nuevo orden no está predeterminado. Lo paradójico es que, aunque son muchos los analistas (Anne Applebaum, Joseph Stiglitz o Antón Costas) que aseguran que es necesario actualizar el capitalismo liberal, los partidos políticos no plantean la discusión pública en torno a la ‘desigualdad’ sino a la ‘diferencia’. No atienden al ‘paradigma de la distribución’ sino al ‘paradigma del reconocimiento’ y sus manifestaciones, propias de las guerras culturales: multiculturalismo, feminismo, nacionalismo, género sexual… Lo advierte Zizek: "La lucha por la identidad es un sustituto perfecto de la lucha de clases, pues mantiene a la gente en un conflicto mutuo permanente, al tiempo que la élite observa la partida a una distancia segura".

¿Agrandará la pandemia esta fractura?

Los filósofos de referencia (los citados y otros muchos, desde Martha Nussbaum a Mark Lilla) ponen el énfasis en proteger la democracia liberal prestando atención a la ‘desigualdad’. En cambio, los líderes políticos atienden a la ‘diferencia’ porque les es más rentable electoralmente. Estos últimos han caído en la trampa/broma con la que el presidente Eisenhower resumía sus métodos de organización, que han sido estudiados durante décadas en las escuelas de negocios: "Lo urgente nunca es importante, y lo importante nunca es urgente". Ike, que entre sus prioridades siempre tuvo mejorar las condiciones sociales de los estadounidenses, seguramente diría hoy que defender la democracia liberal es tan urgente como importante.

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