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Opinión

la rotonda

El oasis catalán

OPINIÓNACTUALIZADA 19/02/2021 A LAS 01:00
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Alfons Quintà y su padre (izquierda), junto a Vicens Vives (con dos hijos) y Josep Pla, en los cincuenta.
Archivo Tusquets/Amat.

Hace algún tiempo –pero no tanto–, abundaban los analistas-propagandistas catalanes que contraponían la estabilidad, la cohesión y el empuje de la sociedad catalana frente a la crispación, el enfrentamiento y el ruido que emanaba de la política nacional. Cataluña como un oasis y polo de atracción internacional, a raíz de éxito de las olimpiadas y del buen clima para acoger empresas, mientras la corrupción se apoderaba del aire de Madrid. Llegada la crisis de 2008 y, aunque no distinguió ‘oasis’ de ‘aguas pantanosas’, fue muy cómodo para los dirigentes catalanes buscar en el Estado central al enemigo. Como si la ruina que sobrevino no hubiera sido una calamidad también para el resto de España.

De ahí, y con el independentismo como escudo, hasta las elecciones del pasado domingo, en las que el eje de los partidos secesionistas ha superado el 50% de los votos, aunque se hayan dejado 700.000 votos y supongan un 26% del censo. De hecho, en cuatro años han pasado de 4,3 millones de votos a 2,7 millones. Siguen siendo muchos votos, que les permiten continuar agitando, pero la contracción también les limita.

Sigo la jornada electoral mientras leo, sin poder dejarlo, ‘El hijo del chófer’, de Jordi Amat. Refleja la historia de Alfons Quintà, un periodista que tuvo gran poder y que, tras una etapa de ostracismo final, se suicidó en 2016 después de asesinar a su exmujer. Un personaje deleznable que, en demasiados episodios, parece un trasunto de la perversión de determinadas relaciones de poder de Cataluña, bien alejadas de la foto que componían.

Quintà fue pionero de la radio en catalán y primer corresponsal de ‘El País’ en Cataluña, donde desveló el caso de Banca Catalana. Hasta que, en un momento dado, Juan Luis Cebrián accedió a la petición del banco de no publicar más informaciones, una decisión que el mismo Cebrián consideró en sus memorias "la mayor pifia" que cometió como director y que "constituyó un crimen de leso periodismo".

Frenada la publicación, con la información acumulada en contra de la familia Pujol y que estaba inédita, Quintà chantajearía al propio Jordi Pujol, quien le acabó nombrando primer director de TV3, con barra libre a la hora de gastar para crear el principal órgano de propaganda del catalanismo. En esa patológica relación hunde sus raíces uno de los principales cauces de creación del ideario identitario e independentista catalán: la televisión autonómica, máquina principal del secesionismo.

Jordi Amat narra en su libro ‘El hijo del chófer’ la trayectoria del periodista Alfons Quintà, un trasunto de lo peor de la historia contemporánea del catalanismo

La personalidad de Quintà era tan excesiva (tirano, acosador…), que acabó saliendo de TV3, pero su estilo de gestión interesaba al mundo ‘convergente’ y años después aún le encargaría liderar el lanzamiento del periódico ‘El observador’. En este caso, resultó un fracaso que se tragó más de 1.000 millones de pesetas. ¿De quién eran? La Generalitat pagó 4.100 millones de pesetas a Javier de la Rosa por la sede del Consorcio Nacional del Leasing; el edificio estaba valorado en la mitad, y una parte de ese dinero acabó en el periódico. En la trama, varios protagonistas del entorno de corrupción de Convergencia, que acabarían en la cárcel, como el propio De la Rosa o el abogado Piqué Vidal.

Son algunos de los hechos recogidos por Jordi Amat, un riguroso y respetado historiador que ha visitado el pasado sin contaminaciones. Supo de la existencia de Quintà hace apenas cuatro años y ha considerado un deber, aunque duela el estómago, contar la viscosidad de los precedentes del marasmo actual. También, las sucesivas complicidades de Madrid, si facilitaban la gobernanza general.

Varios episodios se conocían aisladamente. Enlazar cómo y cuánto intervino un personaje especialmente abyecto como Quintà, nada tiene que ver con el supuesto oasis. Sí, con estar a la manipulación y evitar los problemas reales. Una patología que ha seguido vigente y en cuya siembra estuvo ‘El hijo del chófer’ con sus catecismos televisivos fundacionales.

Y para entender el título del libro, que incluye a Josep Pla, léanlo. Jordi Amat se lo merece.

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