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Opinión

la rotonda

La popularidad del Canfranc

Por
  • Aurelio Viñas Escuer
OPINIÓNACTUALIZADA 17/02/2021 A LAS 01:00
El Canfranero, este sábado 14 de enero en la estación de Canfranc, en medio de la nevada.
'La popularidad del Canfranc'
Rafael Gobantes

Hacia mediados de los años ochenta del pasado siglo proyecté un viaje en el transiberiano, el ferrocarril transcontinental que enlaza Moscú con Vladivostok, en la costa siberiana del Pacífico. El recorrido se hacía en once días. Tres días a razón de 3.000 km diarios, descansando dos para visitar lugares destacados de Siberia. El regreso, en avión, en una sola jornada. Fallado aquel intento, el ferrocarril de Canfranc o Canfranero ha seguido siendo siempre para mí el más importante del mundo.

Llegada mi adolescencia empecé a viajar con asiduidad en este tren desde Anzánigo y La Peña a Jaca, Sabiñánigo, Huesca y Zaragoza. Y también alguna vez a Canfranc. Desde sus ventanillas fui conociendo muy detenidamente el bellísimo mundo rural, lindante en gran parte con los ríos Gállego y Aragón, en el que había nacido y en el que iba a vivir hasta los treinta años.

En aquellos años eran muchos los viajeros que utilizaban el ferrocarril de Canfranc para sus desplazamientos, sobre todo en tercera clase

Era en aquellos viejos coches de madera de los trenes tirados por locomotoras de vapor. Para el invierno tenían calefacción, que llegaba desde la máquina, reduciendo algo su fuerza, sobre todo si el carbón no era bueno. Esta calefacción se ponía invariablemente el día uno de noviembre y se mantenía hasta el primero de marzo. En lo más riguroso del verano casi era peor, pues si tenías cerradas las ventanillas te asabas y, si las abrías, venían el humo y la carbonilla a los ojos. Algunos ferroviarios, como improvisados oftalmólogos, eran verdaderos especialistas en el arte de sacar la carbonilla metida entre los párpados.

Los coches de tercera clase iban casi siempre a rebosar, en tanto que los de primera y segunda eran bastante menos utilizados. Precisamente en tercera, como viajeros modestos, iba siempre una pareja de la Guardia Civil, a la que denominábamos familiarmente ‘la pareja de escolta’. Durante muchos años, los viajes entre Canfranc y Zaragoza se hacían directos, en tanto que para entrar en Huesca se imponía hacer transbordo en Ayerbe. En Huesca había unos modestos trenes de enlace con Ayerbe y Tardienta, para lo que se contaba con tres viejas locomotoras bautizadas con los sonoros nombres de ‘Magallanes’, ‘Hernán Cortés’ y ‘Martínez de la Rosa’.

Llegada la década de los sesenta, comenzaron a vaciarse los pueblos y el ferrocarril de Canfranc empezó a languidecer y a quedarse sin viajeros mucho más deprisa de lo imaginable. Para esas fechas yo vivía ya en Zaragoza, pero por exigirlo el montaje de centrales hidroeléctricas pasé tres años trabajando entre Jaca y Canfranc. Como ni mis compañeros ni yo disponíamos todavía de coche propio utilizábamos el tren para trasladarnos a casa los fines de semana. Recuerdo que sacábamos bonos de 3.000 km y los consumíamos en menos de dos meses. Casi podíamos contar las traviesas. Pero era solo un espejismo. Acabados aquellos trabajos, y generalizado el automóvil, se acabó el acudir a las ventanillas.

Eran viejos trenes de madera tirados por locomotoras de carbón, pero eso no impide recordarlos con nostalgia

Así llegamos al 27 de marzo de 1970, fecha en la que se cayó, o lo tiraron, lo que no he conseguido aclarar aún, el pequeño puente de L’Estanguet, que llevó implícito el cierre del tramo Bedous-Canfranc, dejando cortadas unas comunicaciones con Francia que todavía no se han reanudado. Se habla mucho, pero no se hace casi nada. Ahora se cita el 2025 como posible fecha de reapertura. Esperemos que sea así.

Como si estos recuerdos no fueran bastante, se unen ahora a mis añoranzas las de mi amiga y traductora, la norteamericana Tanya Kelley, gustosa de manifestarlo en un precioso artículo titulado ‘Soñando con Canfranc’ y publicado el 12 de enero. Tanya nos recuerda que vino a trabajar de profesora de inglés a Sabiñánigo y cómo desde allí, viajando en el Canfranc, fue conociendo esta zona del Alto Aragón que "ha escapado a la homogeneización que prevalece en gran parte de España y del mundo", comenzando por la preservación del paisaje y el carácter de su gente. Tanya es actualmente profesora de alemán de la Universidad de Missouri-Kansas City. Ello le ha permitido adquirir una casa en Anzánigo, lugar donde yo vine a este mundo que espero dejar dentro de poco. En los tiempos del feudalismo, la casa actual de Tanya perteneció al conde de Atarés, señor de la zona, y desde ella es visible el paso del tren, del popular Canfranero.

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