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Fidefododincul

OPINIÓNACTUALIZADA 17/01/2021 A LAS 02:00
Grabado alusivo a la historia de Juan Poeta en la edición valenciana del 'Cancionero General', siglo XVI.
Grabado alusivo a la historia de Juan Poeta en la edición valenciana del 'Cancionero General', siglo XVI.
HERALDO

Fidefododincul fue expresión muy usada en Aragón para insultar. Tanto, que fue recogida en los textos legales del extinto reino.

Las normas penales tratan de insultos e injurias, los clasifican y ordenan sanciones en ciertos casos, pero no reproducen esas expresiones. Aparecen en las sentencias y en los papeles con que se forman los procesos, pero no en las leyes. España, además, en 2015, derogó la pena por injurias leves: se puede insultar sin sanción penal, pero solo a extraños, no a familiares o que lo hayan sido. Esos casos, si hay denuncia, ya no son penales, sino civiles.

En Aragón, jurídicamente cuidadoso, además de Fueros (leyes) había Observancias, muy sabrosas, pues recogen costumbres, sentencias y opiniones de juristas. De hecho, tuvieron valor de ley. En el apartado ‘De injuriis’, se lee que por costumbre antigua del reino, «fidefododincul est vulgare Aragonum et communiter usitatum». O sea, que este insulto se decía mucho.

Para entender qué es ‘fidefododincul’ ha de advertirse que lo forman cinco palabras ‘fi’, vale por ‘fillo’, esto es, hijo. ‘Fodo’ es del mismo verbo latino ha dado ‘futut’, voz catalana que todos los españoles conocemos (de ‘futuere’, tener un hombre relación sexual con una mujer). El ‘din cul’ no requiere esclarecimiento. O sea: hijo de un ‘fututus in culum’, de un sodomizado. Una deshonra en aquellos siglos.

El palabro tenía variantes por toda España, como ‘fodidenculo’ y ‘fududinculo’. La versión aragonesa era fuerte, pues, además de al insultado, ofendía a su padre.

También aparece en la literatura. Por ejemplo, lo usa el conde de Paredes (no ‘Parades’), padre de Jorge Manrique, cuyas ‘Coplas’ a la muerte de su progenitor son un faro de nuestra poesía. Este Don Rodrigo Manrique, noble castellano, puso en verso risible la historia de un tal Juan Poeta al que «cautivaron sobre mar y lo llevaron a allende: y se tornó moro». Cautivo en Fez, se hace musulmán y elige ser ‘çapato del rey’. Mofa sexual, pues el zapato es una funda que se ‘calza’ entrando en su interior: «Tras haber pensado un rato / dixiste: ‘Seré un çapato / que el rey se lo calçará». El conde lo llama por eso ‘fidencul’ y se burla de él, pues llegó como caballero y salió porculizado: «(...) entrastes por adalid, / salistes por çapatero». El grabado de la edición valenciana muestra a un moro y un cristiano departiendo frente a una nave, con una orla heráldica de Aragón y Sicilia y los emblemas de los Reyes Católicos.

El contexto del cuento es típico de las ‘obras de burla’, con frecuencia soeces y faltonas, contra mujeres (feas, borrachas, rameras...) y varones (judíos, renegados o tornadizos, por ejemplo).

¿Con o sin multa?

Al igual que este insulto tomaba formas varias en España, su tratamiento legal tampoco fue uniformes. Así, en el Fuero de Madrid, otorgado por Alfonso VIII en 1202, se previene que se multará a quien llamare a los vecinos de Madrid «puta, aut filia de puta (...), fudidinculo, aut filio de fudidinculo, aut cornudo (...)». En cambio, la observancia aragonesa aclara que ‘fidefododincul’, a secas, es insulto por el que no se incurre en multa, siempre que se diga sin añadidos. Era, pues, como una especie de interjección.

Sentadas estas premisas, releo la inolvidable Ley de Actualización de los Derechos Históricos de Aragón, monumento famoso a la inepcia legislativa, que desmiente la bien ganada fama secular de la ley aragonesa. Contiene mandatos disparatados que el Tribunal Constitucional hubo de desmochar. Aun así, es ley que no se cumple, ni se cumplirá, ya que ordena absurdos como que «todas las Administraciones públicas aragonesas deberán (...) utilizar en sus normas y documentos oficiales la denominación ‘Aragón, nacionalidad histórica’». Ja.

Por egoísmo querría saber si tiene o no vigor otra de sus pasmosas disposiciones (4. 2. 2): «Los derechos históricos no prescriben por falta de uso, ejercicio o reclamación». Si esto fuera así, y estuviera vigente la Observancia aragonesa, podría yo llamar impunemente ‘fidefododincul’ a un puñado de sujetos (o sujetas) que andan metidos en la gobernación y en la política del país. «El jefecillo Mengano es un fidefododincul», y me quedaría tan ancho. Pero, si, viviendo como viven bastantes de estos jefecillos, y jefecillas, en Madrid, fuera también imprescriptible el derecho histórico de la Villa y Corte, como ya lo es el de Aragón, tendría que averiguar a qué jurisdicción podría someterme cada injuriado antes de ofenderlo: a la de acá o a la de allá.

Dado el número potencial de insultados, podría ello implicar una buena suma de maravedíes, moneda con que se multaba en Madrid. Ignoro la paridad del maravedí con el bitcoin o el euro y no sé si la sabrá el jefecillo fidefododincul (o la jefecilla fidefododincula) con quien debería informarme, pues es obvio que, en general, saben poco. Tal duda me impide, por el momento, llamar a ningún jefe fidefododincul (sin añadidos).

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