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OPINIÓNACTUALIZADA 31/12/2020 A LAS 02:00
La fragilidad es un aspecto esencial del ser humano.
La fragilidad es un aspecto esencial del ser humano.
POL

Este 2020 que norabuena termina será recordado por generaciones. Es y será el año del SARS-CoV-2, el año del virus que vino de Wuhan y se extendió por todo el planeta. Un año que sonaba bien, se empezó mejor y prometía grandes acontecimientos. Incluidos los Juegos Olímpicos de Tokio. Sin embargo, rompió las inercias y nos ha confrontado con la fragilidad de lo humano, con la condición finita de lo que somos. Nos ha hecho sentir el límite y redescubrir que la muerte está siempre ahí. Por mucha ‘ciencia’ que se proclame, por muchos datos que se acumulen, por muchos cuentos que se cuenten, solo somos humanos. Nada más y nada menos. Humanos llamados a vivir intensamente cada instante, pues nunca sabemos cuál es el último.

Queremos domesticar el tiempo y se nos apodera. Aspiramos a domeñar la vida y se nos escapa. Creemos saber más que nunca, pero nos desborda la ignorancia en este mundo globalizado e hipertecnológico. Nos someten y nos dejamos someter. Nos subyugan con cantos de sirena, con vacunas salvíficas y con relatos de todos los colores. Algunos, con aspiraciones omniscientes, se creen poseedores de la Verdad mientras fantasean con la ficción del control. Otros creen que al describir la cadena de ácido ribonucleico y sus correspondientes ribonucleótidos se obtendrán las claves del bicho y se solucionará todo. Pero es obvio que no. Ni con esas. Nos queda mucho por aprender antes de superar la pandemia y un infinito inalcanzable respecto de nuestra condición esencial. Somos mortales. Nos acabamos, como los años con cada ciclo terrestre.

Y sí, este 2020 que termina será recordado, hasta que pase al desván del olvido. Pocas cosas resisten esa inercia. Decía Qohelet: «Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores». Estamos en este mundo sin recordar cómo llegamos, mucho menos por qué y no digamos nada sobre más allá del final. Solo podemos apostar y creer o no querer creer. Así solo nos queda margen para decidir cómo leer la propia vida. Nos toca lidiar con lo indecidible pues nos falta la información suficiente para responder. Incluso a preguntas simples como quién soy, qué he de hacer y cuál es mi camino.

Con cada año que pasa, se suman detalles donde retomar lo que fue y fuimos, pudiendo aprender y proyectar en los días siguientes los planes de lo que uno quiere hacer. Siempre tenemos la oportunidad de vencer la inercia y doblar la curva del cansancio. Pues, pese a que todo termina hartando y nadie es capaz de explicar completamente el porqué de las cosas, siempre es posible vivir el presente, soñar el futuro mirando al pasado. Basta con leer y buscar.

En mi caso, antes de terminar 2020, he disfrutado aprendiendo del libro ‘Zaragoza 1564, el año de la peste’ del profesor Francisco José Alfaro Pérez, publicado por la Institución Fernando el Católico (2019). Es un texto ágil, bien construido. Se hace corto, apetece más. Describe aquella peste mortífera que asoló la ciudad donde se hallan ecos que hoy resuenan. Como cuando al inicio del capítulo 5, ‘Miedo y conflictividad social’, escribe: «Nuestra sociedad posmoderna y del bienestar, de traumas, psicólogos y ambiciones caprichosas -muchas de ellas inútiles-, donde la gente no sufre y ‘la muerte viaja en ambulancias blancas’, guarda poca relación con aquella otra del siglo XVI […], pero perviven elementos comunes, cómo no. Uno de ellos es el miedo, sentimiento atemporal desarrollado y acrecentado si cabe en nuestros días. Ya no vivimos en un valle de lágrimas esperando un paraíso futuro. El Edén está aquí y ahora: un coche de alta gama, un teléfono de última generación, unas vacaciones en las antípodas, niños que nunca mueren ni dejan de serlo hasta los cincuenta, ancianos que creen beber de la fuente de la eterna juventud, etc. Si morir siempre será malo, el tránsito se antoja más llevadero desde el dolor, la incomodidad y las penurias que desde una sociedad acomodada como la actual». Y como bien recuerda páginas antes, «de este mundo, señores, sin morir nadie escapa». Vivamos pues y no dejemos que nos obsesionen con el bicho de Wuhan. El 2021 será otro año y mañana, otro día.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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