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Opinión

la firma

Victimismo independentista

Por
  • José Luis Moreu Ballonga
OPINIÓNACTUALIZADA 28/12/2020 A LAS 01:00
Varios independentistas se concentran ante la cárcel barcelonesa de Wad Ras.
'Victimismo independentista'
Toni Albir/EFE

Una resolución de la Sala 2ª del Tribunal Supremo (TS) del 4 de diciembre revocó, conforme con la Fiscalía, el tercer grado que la Generalidad de Cataluña había concedido a los nueve líderes independentistas condenados en octubre de 2019 por sedición a penas de entre 9 y 13 años de cárcel, criticando a la Generalidad, a la que la Sala califica como una "extravagante tercera instancia", y ordenando que el procedimiento deberá tramitarse más adelante, ya que ninguno había cumplido los porcentajes de pena legalmente exigidos. La reacción de los independentistas, presos o no, fue airada y ofendida, denunciando una idea de venganza contra ellos y reiterando sus ideas de que votar no es delito; y que es injusta la sentencia condenatoria; que el Estado español niega el diálogo y es represivo y fascista, etc.

Esta respuesta tan tosca, a la vez que victimista y chulesca, requiere un argumento de autoridad en contra. Según el Diccionario de la Lengua Española, venganza es la "satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos". Así que, implícitamente, hasta la calificación como venganza de la resolución judicial del TS resulta contradictoria con la supuesta perfecta licitud e inocencia de los actos de los condenados, que es para el independentismo un axioma, ya que reconocería que estos nos causaron a los españoles un ‘agravio’ o ‘daño’. Montesquieu relacionaba sobre todo la libertad del ciudadano con la calidad de las leyes penales. En su obra capital, ‘Del espíritu de las leyes’, afirmaba el autor que "la libertad del ciudadano depende principalmente de que las leyes criminales sean buenas"; y que "los conocimientos adquiridos en algunos países… sobre las reglas más seguras a observar en los juicios criminales interesan al género humano más que ninguna otra cosa en el mundo". Su idea de un buen gobierno era la de que bajo el mismo "ningún hombre tuviera miedo de otro hombre".

Pero explicaba Montesquieu (1689-1755) lo mucho que costó en la historia ese perfeccionamiento, solo en "algunos países", de las leyes penales, que se consiguió alcanzar más o menos a la luz y tiempo de la Ilustración del siglo XVIII. La misma venganza limitada fue otrora un progreso. Mejor que el enfrentamiento total, difícil de finalizar, de dos tribus con muchos muertos o lisiados en ambas, era limitar la represalia. La Ley del Talión: ojo por ojo; diente por diente; etc.

La revocación por el Tribunal Supremo del tercer grado para los presos del ‘procés’ muestra que todavía funciona en España la separación de poderes

Y contraponía el gran jurista, en ejemplos, la tiranía a la deseable mesura y humanidad en los castigos. Explicaba que el mero pensamiento no puede delinquir, sino solo los actos, con este ejemplo. Un tal Marsias soñó que degollaba al rey Dionisio (citaba a Plutarco, escribiendo sobre la vida de Dionisio). El rey mandó matar a Marsias, diciendo que no habría soñado aquello por la noche si no lo hubiera pensado por el día. El filósofo califica la ejecución de acto tiránico, pues aunque Marsias hubiera pensado en ello, no había atentado. Es curioso pensar que la teoría de la sentencia del ‘procés’ se basó, con benevolencia, en que movió solo a los juzgados una "ensoñación", frente a penalistas de gran prestigio que, dentro y fuera del TS, al parecer, vieron un propósito firme de romper el Estado y un delito consumado de rebelión. Y es que la "ensoñación" de los golpistas fue muy distinta del sueño solitario de Marsias, ya que fue compartida por todos los condenados, pública y anunciada, e inspiración esencial de una grave subversión muy planificada y dirigida contra el edificio constitucional. La "ensoñación" era el pegamento esencial de todos esos actos coherentes y una actuación en cierto modo en sí misma. No fácil de distinguir del frontal ataque fáctico a la Nación.

Y el ruidoso
victimismo de los independentistas resulta más ridículo que heroico

La revocación por el TS del ‘tercer grado’ para los presos es muestra saludable de que tenemos separación de poderes, y el ruidoso victimismo y lloriqueo de aquellos, desde su jaula de oro y con el respeto, si no mimo, de los funcionarios, es más ridículo que heroico. Pero junto a esa blandura están las muestras de violenta y agresiva actuación de sus fuerzas de choque en la calle, de estilo fascista y pensadas para intimidar a la policía profesional y a la mitad de los catalanes no afectos. Eso no va en la dirección propuesta por Montesquieu de lograr una sociedad en la que ningún hombre tenga que tener miedo de otro.

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