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Opinión

EN NOMBRE PROPIO

Inocencia

Por
  • Víctor Juan
OPINIÓNACTUALIZADA 28/12/2020 A LAS 01:00
Opinión
'Inocencia'
Pixabay

Siendo niño estaba convencido de que era el más guapo del mundo. Lo sabía porque eso me decía mi yaya Concha en cuanto me veía: "¡Ya está aquí el más guapo del mundo!". Solo mucho tiempo después he comprendido la importancia que esta ciega pasión de abuela ha tenido en mi desarrollo personal y en mi manera de entenderme. Todos los niños deberían crecer sintiéndose los más guapos del mundo, sabiéndose infinitamente queridos, porque el amor nos protege de los males, calma el dolor y alivia nuestras penas. Cada veintiocho de diciembre recuerdo al niño que fui, el entusiasmo con el que celebraba un caramelo, un paseo en bicicleta o una tarde en la piscina; la ilusión que me alimentaba y cómo vivía entregado a la felicidad. Recuerdo la ingenuidad de mi mirada, algo que he puesto mucho cuidado en conservar. Cada veintiocho de diciembre añoro la inocencia de las primeras veces y me hago la promesa de soltar lastres, de liberarme de prejuicios, de quitarme las capas córneas que se adhieren al corazón por el simple ejercicio de vivir. Si no hacemos esa labor de mantenimiento, la costra de desengaños y frustración puede llegar a impedir que disfrutemos de los regalos que la vida pone, cotidianamente, ante nosotros. Cada veintiocho de diciembre recuerdo que la infancia es la patria en la que cobijarnos; un lugar al que volver para encontrarnos con las personas que tanto nos quisieron, y a quienes nosotros aún queremos; un territorio para revivir el calor de las palabras y la caricia de los sueños.

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