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Somos tan antiguos como la peste

OPINIÓNACTUALIZADA 27/12/2020 A LAS 02:00
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Xilografía anónima que representa al médico Juan Tomás Porcell, que combatió la peste de 1564 en Zaragoza..
Biblioteca Nacional de España

Nuestra literatura empieza con la descripción de una peste. Es un castigo de Apolo a Agamenón y sus guerreros, al final de la guerra de Troya, cantado de forma deslumbrante por Homero. Nuestros males son tan antiguos como nosotros. Antes de ciertas fechas, en muchos sitios luego importantes no hay memoria de las pestes, al contrario que en las poblaciones más añosas, que han vivido glorias y tribulaciones que poco difieren de la actual pandemia. En el siglo II la peste diezmaba la Europa romana, pero en Nueva York no sucedía nada, pues no existía. Ni aun en la incomparable Bilbao pudo ocurrir nada hasta 1300, año en que fue fundada, a fuero de Logroño, con un documento firmado en Valladolid, por gente de Castilla, como la mayoría de las villas de Vizcaya. Sí pasaban ya cosas, buenas o malas, en Huesca, Ejea y Calatayud, Alcañiz, Caspe y Tarazona que, con otros nombres, acogían desde antiguo a comunidades humanas.

Llamadas pestes o pestilencias, las epidemias y pandemias no fueron raras. La peste, en definición de nuestro siglo XVIII, es una «enfermedad contagiosa, ordinariamente mortal, y que causa muchos estragos en las vidas de los hombres y de los brutos». En 2020, el aragonés José Luis Jiménez Palacios, desde Colorado (EE. UU.), avisó muy pronto de una evidencia científica sobre algo que los sabios sospecharon desde momentos muy tempranos y no podían probar de forma tan objetiva como en la actualidad: que la peste «ocasiónase por lo común de la infección del aire». El fenómeno se conoce hoy como transmisión por aerosoles, galicismo que solo está en el Diccionario desde 1992.

Las llamadas pestes eran muy diversas: la bubónica -con una variedad neumónica-, que es la peste propiamente dicha; pero también eran llamados así morbos como el cólera, el tifus exantemático, la viruela o cualquier mal infeccioso y mortal. A menudo se consideraba un castigo divino -volvió a ocurrir con el sida, no hace tanto- contra el cual los seres humanos podían hacer poco más que poner distancia de por medio e implorar de la divinidad un trato clemente.

Hubo muchas pestes en Aragón, como en otras zonas de España y Europa. Aún se usa como referente histórico la ‘peste negra’, que hizo estragos espantosos en Europa y, lógicamente, en suelo aragonés, reinando Pedro IV. Las acometidas de estos morbos invencibles fueron incesantes. Eran oleadas de las que no se sabía, o apenas, la causa y carecían de remedio médico eficaz. De males tan terribles surgieron patrocinios celestiales, devociones que ansiaban librar a la compungida grey cristiana de aquellos sufrimientos espantosos.

Patrocinios milagrosos

Entrado el siglo XXI, bastantes lugares de Aragón aún celebran estas gratitudes inmemoriales. Se festeja, sobre todo, al popular san Roque: «Arrímate a mí, niña, / que soy san Roque, / por si llega la peste / que no te toque». Siglo tras siglo, se hacen romerías, bailes y dances, dulces, cantos y ritos que perpetúan el recuerdo, ya vago o nebuloso, de la desdicha vivida antaño por la comunidad celebrante que, de uno u otro modo, la superó. Ahora, los patronos milagrosos se llaman san Pfizer, santa Astra Zeneca o santa Moderna.

En 2020, cuyo final desean los más -váyase norabuena-, nos cerca un mal, a pesar de todo cuanto sabemos, aún misterioso y apenas controlable. Parece que lo entendemos mejor, pero ello no impide que mate a las personas por millones. La lucha contra él comienza por su identificación y designación: el nombre ya es casi un conjuro, porque su identidad -que los antiguos no alcanzaban a establecer- queda ceñida a unas siglas y eso parece acercarnos a su derrota: SARS-CoV-2, vulgo covid. Pero esto va para largo.

Menudearon en los siglos XVI y XVII, en la ciudad del Ebro y en todo el viejo reino, en España y en Europa. No fueron dos, ni tres, ni cinco. Las pestes era episodios aflictivos, pero no insólitos.

En Zaragoza, hace quinientos años justos, había peste. Y hace trescientos exactos, de nuevo temblaba la ciudad ante la aparición de un foco potente en Marsella. La devastación sufrida durante los Sitios napoleónicos por la ciudad del Ebro -llegó a contar trescientos muertos diarios, una cifra ingente- le valió en 1820 los títulos de Muy Noble y Muy Heroica y a su Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia, circunstancias que siguen en uso. Y en 1920, si bien no hubo peste, la capital de Aragón padeció otra especie de morbo letal que le infligió nada menos que veintitrés asesinatos callejeros por motivos políticos: 1520, 1720, 1820, 1920, 2020...

El ejemplo podría haberse hecho con otros dígitos, a distancias no tan redondas como los siglos exactos, porque somos antiguos, muy antiguos, y conocemos desde siempre riesgos como el que estamos viviendo sin necesidad de indagar mucho en nuestro pasado comunitario.

En fin: si bien debe obrarse con el prudente temor propio de las mentes sensatas, que las lleva a precaverse, hemos de tomar conciencia histórica de nuestra situación. No somos nuevos. Nos sabemos supervivientes y volveremos a serlo.

Feliz 2021.

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