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Amor incondicional

OPINIÓNACTUALIZADA 12/12/2020 A LAS 01:00
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'Amor incondicional'
Pixabay

Supongo que el amor a los libros, más que al objeto en sí, se dirige a la pasión y al ingenio del ser humano. Y supongo igualmente que con frecuencia se trata de un amor metonímico, pues en realidad se ama otra cosa. Se ama la cultura, lo que no deja de ser otro tropo retórico, una sinécdoque, pues tampoco se ama la cultura, sino la parte admirada de ella. Poniéndonos extremos, una reedición crítica de ‘Don Quijote de la Mancha’ es cultura, pero también lo es el ‘Manual de entrenamiento para la explotación de recursos humanos’ del ejército estadounidense, un tratado de tortura.

Quizás yo lo vea así porque nunca me han fascinado los objetos, salvo muy contadas excepciones, como un balón blanquiazul del Real Zaragoza, obsequio del gran futbolista Nino Arrúa, o los dos Saab 900 de segunda mano que recibí en diferentes momentos de sendos seres queridos. Ahora bien, incluso en estos casos se impuso la máxima "no te encariñes de las cosas, solo de las personas", que no aprendí en ningún libro, sino oralmente de mi padre. De manera que aquel balón murió con el cuero repelado, después de mil partidos callejeros, y los coches acabaron en un desguace, en cuanto su uso empezó a dar pérdidas.

No sé si por lo dicho, o pese a ello, o por el hartazgo de digitalización que siento, el caso es que ‘El infinito en un junco’ de Irene Vallejo, un libro sobre libros, en el que el pasado y el presente dialogan a milenios de distancia, casi está logrando que esos artefactos me subyuguen por sí mismos, que los ame incondicionalmente, sin reparar en su contenido, que es como de verdad se ama.

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