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Opinión

el meridiano

Aquellos caprichos

OPINIÓNACTUALIZADA 30/11/2020 A LAS 01:00
Dos pasajeros en la línea más antigua de Viena, la U6, comen Pizza y Kebab
'Aquellos caprichos'
Wiener Linien

Estaba dándole vueltas a qué escribir para no volver con el tema de la covid-19 y me he acordado de muchas cosas que me preocupaban antes de la pandemia y en las que ahora ni pienso. En los meses previos a que este virus apareciera, para mí eran un incordio las obras de la estación de Metro de Gran Vía. Que estuviera operativa era perfecto para ir a Zaragoza desde la redacción del periódico donde trabajo. Sin embargo, una reforma que ni las obras de La Seo, la mantienen cerrada desde hace meses y, qué cosas tiene la vida, ahora mismo no me importaría ni que la inundaran en hormigón si con un trayecto más complicado llegara a la estación y pudiera cogerme un tren a casa sin plantearme que estaba cometiendo una irresponsabilidad, un delito o colaborando con poner en peligro a todo el mundo.

También andaba preocupado por el precio que estaban cogiendo los aviones a Sudamérica para los meses de verano, a los cuales me planteaba subir para por fin conocer alguno de esos países: Colombia, Argentina… O en buscar una semana suelta, en temporada baja, para volver a Nueva York, terminar de conocer la ciudad y dar un garbeo por Amsterdam Avenue que, no sé por qué, me pareció un sitio divertido y con los suficientes restaurantes de esa pizza grasienta que solo te gusta cuando estás allí, y que te explica por qué en Estados Unidos hay un elevado consumo de laxantes.

Pasados más de ocho meses de todo aquello, mi cerebro funciona con rutinas diferentes, soy más precavido, peleo contra el decaimiento, me pongo muy contento con tontadas para los 32 años que tengo, y me reeduco para que, si toda mi tribu y yo salimos airosos de esta, no piense que volver a soñar o a encapricharme como entonces estará mal. Aprender que la vida te puede cambiar en un instante, es una lección que nos llega a todos de una u otra forma pero esta experiencia ha sido un ejercicio colectivo que (imagino) tendrá algún destello que moverá nuestras necesidades mínimamente hacia algún lugar de los deseos que yo aún ando explorando. Este verano, en Sanlúcar de Barrameda, mientras atardecía en Bajo de Guía, creo que ni E. ni yo nos acordamos de Colombia o Argentina y eso, supongo, ya es un paso.

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