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Más ‘idiotas’ que ‘koinotas’

OPINIÓNACTUALIZADA 29/11/2020 A LAS 01:00
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Más ‘idiotas’ que ‘koinotas’
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Juan Manuel Aragüés, profesor de Filosofía y ex secretario general del PC en Aragón, describió en marzo de 2019 la evolución de Podemos como el paso de una inicialmente necesaria máquina electoral al modelo partidario estricto. Aquella nota coyuntural es ya rasgo estructural y hoy, "al parecer", en ese partido solo sobrevive la maquinaria electoral. A Podemos no es que le fuera bien, pero su gran éxito táctico –la simbiosis gubernativa con el sanchismo oportunista– ha afianzado sin duda su calidad de partido nuevo a la vieja usanza.

Muerta esta esperanza de la izquierda, Aragüés (‘De idiotas a koinotas’, Arena Libros, 2020) viene a definir la política de ahora comoun fantasma que recorre el escenario –evocación del ‘Manifiesto comunista’ de 1848– y a quien la realidad se le escapa entre las manos. Esta política es ‘idiota’ (‘ídios’, lo particular) cuando debiera ser ‘koinota’ (‘koinós’, lo común). Se precisaría un "conatus de la multitud" que no desembocase en un partido, pues este muta "siempre" a lo particular: la brega política "dobla la cerviz" de los dirigentes, que imponen al partido la mirada ‘idiota’ de su interés, cuando se requeriría una visión comunitarista, si no comunista, y un modo práctico de convertirla en mecanismo del cambio social: la praxis política, como dijo Marx, es en sí misma manantial de renovación teórica. Hacer para descubrir, descubrir para transformar.

Que es una visión utópica se prueba precisamente por la praxis histórica. Salvo las democracias directas, aptas para ‘koinés’ mínimas (aldeas o cantones irrelevantes y de decisión restringida), no se conoce sustituto válido al utensilio ‘partido’. Ni en las democracias representativas, ni en las ‘populares’, sean de corte soviético (el sóviet, en teoría, es un consejo popular) o de perfil populista.

No hay regímenes asamblearios. Y las dictaduras erigen su partido único, que suprime a los restantes en nombre de la ‘voluntad popular’ de la que se instituye en sucedáneo.

La clave, hoy como antes, está en la condición cívica tanto del individuo político como del individuo elector. En su formación, el partido es accesorio: la enseñanza y el entorno social en las edades juveniles son la clave principal. Tal es la batalla perdida.

El claro del bosque

Es famoso el cuento indio del elefante y los ciegos que explican el animal por el trozo que tienen al lado. Yerran, pues no pueden abarcar la totalidad: imaginan que se trata de una cuerda (la cola), un pilar (la pata), una serpiente (la trompa)... En una versión, los discrepantes acaban por reñir acremente entre sí. Nadie hay que vea el animal entero y les desvele su realidad. El elefante no depende de quién lo describa. En España –el elefante–, los partidos y muchos electores han optado por la discordia propia de quienes solo columbran fragmentos. Este viejo apólogo opone lo limitado a lo completo, lo ‘idiota’ a lo ‘koinota’.

Pero el cambio ha de hacerse en el modo de entender lo real como es; más, por lo tanto, en las mentes que en los utensilios. Los partidos son como la gente, no al revés. Hay en la tradición medieval europea otro ejemplo aplicable. El cuentecillo explica cómo dos caballeros llegan de forma inopinada a un deleitoso claro del bosque: despejado, luminoso, tranquilo. Se detienen un momento para admirarlo y comentan qué lugar tan indicado sería para compartir unas buenas viandas regadas con el vino adecuado. Retoman el viaje y, al rato, son dos letrados los que acceden al sitio, cubierto de suave hierba y velado a las miradas indiscretas, en el que imaginan cómo sería un encuentro con la mujer soñada. En fin, dos rústicos transeúntes son también sensibles a la magia del lugar, recoleto y sin maleza, y comparten la idea de que el paraje es incomparablemente adecuado... para aliviar el vientre.

Traigamos la fábula a nuestra conveniencia: el bello rincón, como antes el elefante, es el factor fijo. Cada cual puede proyectar en él la posibilidad que prefiera: banquete, retozo o defecación. Son actividades posibles, y deseables según para quién, pero poco ambiciosas, fugaces e incompatibles: pues se excluyen unas a otras.

Transformemos el ameno rincón, donde tantas acciones deseables podrían tener lugar, en un paraje alegórico, en un lugar político exclusivo, accesible para muy escasos y escogidos usuarios. Digamos que es el Parlamento, o la sede del Gobierno. En España, por desdicha, poco habría que cambiar a la simpleza de estos cuentos: como en el indio, no hay quien perciba el conjunto; como en el ‘fabliau’ medieval, nadie responde a la cuestión de fondo: ¿cómo hacer de este lugar privilegiado estancia apetecible, o aceptable, para aldeanos, letrados y caballeros? No hay respuesta porque falta la cuarta pareja: la de buenos gobernantes.

En la política española el elenco de protagonistas da la misma exigua medida de los actores de estas fábulas. En ninguno de los tres escenarios –España y las dos fábulas– hay personajes con visión ‘koinota’. Y no sólo no hay ninguno: es que tampoco se le espera.

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