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Opinión

EN NOMBRE PROPIO

Panaderías

Por
  • Víctor Juan
OPINIÓNACTUALIZADA 28/11/2020 A LAS 01:00
María José Tremin en su panadería
María José Tremin en su panadería
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Entre la memoria de los olores de mi infancia, guardo el inconfundible aroma del pan recién hecho. Sé que jamás tendré una botella whisky de malta reservada a mi nombre en un club de Manhattan, sin embargo he tenido panes y barras reservados en panaderías en las que las panaderas me llamaban amante, maño mío o chiqué.

En Zaragoza, mi panadera era Felicidad Sánchez, Feli. Al principio de la mañana separaba el pan de las clientas fijas. Recordaba los gustos de todas: más tostado, más blanco, la barra más alargada… Para las mujeres, ir a la panadería formaba parte de la liturgia de vivir. Solo se saltaban esta visita en caso de enfermedad. Arreglaban la casa, mandaban a los chicos a la escuela y se reunían en la panadería. Allí se alimentaban con la ilusión de las palabras. Cada día era una fiesta. Se despedían con el tiempo justo para hacer la comida, deseando que fuera otra vez mañana. El pan se compraba todos los días. A nadie se le había ocurrido todavía congelarlo. La panadería era un territorio femenino donde las mujeres eran solidarias y cómplices. Durante el tiempo que compartían les aliviaba el consuelo de la esperanza de un futuro mejor. Un día entró en la panadería el señor Añón, un amigo de Feli y de Ángel, su marido. Muy serio, preguntó si tenían pan de mañana y la panadera, sin inmutarse, contestó: "¡Ya lo vendí ayer!". El único que se quedó perplejo fui yo.

La panadería estructuraba la vida de las mujeres de mi calle. Feli era una ‘influencer’. Ella no lo sabía. Nosotros, tampoco. Nos limitábamos a quererla mucho.

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