Despliega el menú
Opinión

la firma

La risa impenitente

Por
  • Andrés García Inda
OPINIÓNACTUALIZADA 20/11/2020 A LAS 01:00
Opinión
'La sonrisa impenitente'
POL

Rilke escribió que la verdadera patria del hombre es la infancia, y creo que fue el desarraigado Max Aub quien dijo que en realidad uno es de donde hace el bachillerato (el escritor Jorge Sanz, que es cofrade aubiano, me confirmará o corregirá sobre el origen de la frase, pero como además es profesor de bachillerato supongo que estará de acuerdo con ella). Tanto uno como otro seguramente tenían razón, porque más allá de los estrictos límites temporales y de las fronteras geográficas, aunque también dentro de ellas, nuestra identidad echa sus raíces en ese espacio de palabras, de relaciones y relatos que habitamos al despertar al mundo. Allí está nuestro patrimonio más íntimo y allí quedan nuestros compatriotas, que lo serán para siempre aunque ya no volvamos a verlos. Como nuestro entorno, también nosotros vamos cambiando pero paradójicamente seguimos siendo los mismos; ya no somos quienes éramos, pero nunca hemos dejado de ser lo que fuimos.

Se escribe este artículo en recuerdo de 
Emilio Alfaro Hardisson

Para algunos de nosotros Emilio fue uno de esos amigos únicos y a menudo recordados de la infancia y la adolescencia. No solo destacaba por su inteligencia y su lucidez, que expresaba con la libertad a la que estaba acostumbrado, sino por su generosidad, que entre otras cosas se traducía en interminables tardes de merienda en su casa, combinando los deberes con los sándwiches que hacía su madre y las películas de Moncayo Films que nos proyectaba su padre (aún recuerdo cómo, mientras la veíamos en el salón de su casa, nos señalaba los escenarios zaragozanos de ‘Culpable para un delito’), o deambulando por los alrededores, jugando en la plaza de los Sitios, comprando o recogiendo algún encargo en la librería Ibi o curioseando en Plastylón o Galerías Preciados.

La distancia geográfica nos fue separando. Cuando se fue a vivir a Canarias aún tuvimos tiempo de quedar, aunque cada vez menos veces, cuando venía a Zaragoza; o incluso en Maleján, en la Torre Alfaro. La última vez fue cuando empezaba el verano ¿del 86?, también con J. A., otro de aquellos imprescindibles amigos de la infancia, en el desaparecido bar La Ideal de la calle Moncasi, hablando, tomando quemadillos y fumando Ducados hasta altas horas de la madrugada. Yo les había dicho que en unos días me iba a hacer ejercicios espirituales y creo que ellos me miraban con una mezcla de preocupación y de lástima; en el caso de E., con esa expresión a la vez de compasión e ironía (humor canario y somardez aragonesa) que le caracterizaba. Recuerdo aquella noche porque hablamos largo y tendido de la muerte, con la arrogancia, la vitalidad y en ocasiones la ligereza con la que un joven de veinte años habla normalmente de la muerte.

Luego perdimos el contacto y no volví a verlo hasta el entierro de su padre. Esa vez de lejos –yo iba con B. A., otra amiga común– sin poder saludarlo por las circunstancias sociales de las exequias, que eran casi un funeral de Estado, pero esperando darle

días después un abrazo que ya no llegó. La última despedida fue diez años más tarde, en su propio e inesperado funeral, al que acudí desubicado y triste, como un apátrida o un desconocido. Con él, parecía irse parte de esa patria lejana que habíamos compartido.

La muerte de un amigo del colegio nos deja desamparados, como si perdiéramos parte de una patria lejana que una vez compartimos 

Meses después busqué y leí sus libros, editados en las islas: ‘Ánimo, valor y miedo’, titulado con la expresión con la que su padre le animaba cuando le enseñó a montar en bicicleta, un pequeño conjunto de relatos y aforismos en el que reflejaba su ingenio burlón, expansivo y descreído; y ‘Ceniza en un puño’, en el que se recogieron póstumamente sus últimos poemas, entre ellos un vitalista y divertido testamento donde dejaba a todos en herencia la impenitencia de la risa y su grito preferido.

Y nos queda un rastro de nostalgia

Hace unas semanas alguien recordó en las redes sociales el estreno de ‘La guerra de las galaxias’ en el Cine Palafox de Zaragoza. Yo me acordé de que también tuve la suerte de ver entonces y allí la película, con Emilio y su padre, que nos llevó a los dos; y de ese recuerdo nació este escrito. Pensé en esos pequeños regalos recibidos, en la cantidad de imperceptibles deudas que vamos atesorando en vida y en la necesidad de hacer continuamente memoria agradecida de esa herencia de palabras, de risas y de gritos que somos finalmente cada uno. Las huellas en la arena dejan a veces un rastro de nostalgia que solo cura la caricia del agua y el tiempo, al borrarlas. Así ha sido con tantos, y así fue con Emilio.

Etiquetas