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Opinión

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Frágil cultura democrática

Por
  • Manuel Jiménez Larraz
OPINIÓNACTUALIZADA 18/11/2020 A LAS 01:00
Opinión
'Frágil cultura democrática'
Heraldo

El ser humano, sometido al ruido y a la sobrexcitación que provoca ese constante aluvión de información y estímulos difíciles de procesar ordenadamente, ahora más que nunca, tiene problemas para comprender el contexto en el que vive. La forma de mirar moderna es ver fragmentos, escribió Susan Sontag para describir nuestra incapacidad de unir esos fotogramas que solo vistos en conjunto adquieren un significado completo.

Hoy, preocupados, inmersos en la diaria lucha colectiva y personal por superar la pandemia, nos hemos visto obligados a convertir en secundario lo que, una vez minimicemos los efectos del virus, se convertirá en un problema capital.

Asistimos a la preponderancia de la visión partidista, incluso sectaria, tanto en los representantes políticos como en los representados

Y no son pocos los que podemos anticipar. Porque, en efecto, podría estar refiriéndome a la crisis económica que, en España más que en ningún otro país de la Unión Europea, ya lleva meses dejándose sentir; o a la crisis social que, inevitablemente, la acompañará, vista la ya proverbial ineficacia de nuestro Gobierno para atenuar sus efectos. Podría referirme también a la sempiterna crisis territorial de nuestro país que, a las habituales tensiones separatistas en el País Vasco o Cataluña, ha añadido en algunos casos la más grosera deslealtad institucional –siendo la lealtad el principio en el que se debe sustentar el éxito de todo Estado compuesto– entre las distintas administraciones; o a la crisis de credibilidad que afecta a no pocas instituciones de nuestro Estado.

Sin embargo, me refiero a un problema menos tangible, de consecuencias perceptibles menos inmediatas, pero que se halla en el origen de muchas de estas importantes contingencias a las que se enfrenta nuestro país: la fragilidad de nuestra cultura democrática. La que demuestran muchos de nuestros representantes políticos en sus declaraciones y acciones diarias; la que reforzamos y toleramos muchos de los ciudadanos connuestra pasividad o con nuestra adhesión activa, acrítica y sin matices a una opción ideológica vinculada a un partido político.

Por muy sólidos o democráticos que puedan ser los cimientos institucionales de un Estado, no serán suficientes para garantizar un sistema de calidad, en torno al que asegurar la prosperidad y bienestar de sus ciudadanos, si en el espíritu que inspira las actuaciones de representantes y representados se anteponen como norma general los intereses partidarios, sectarios o privados al marco de conducta que exige la democracia.

La cultura democrática está, en mi opinión, compuesta por el respeto a –y la convicción en– los valores democráticos de igualdad, libertad y pluralismo, por la defensa de los derechos y libertades de todos los ciudadanos, por la tolerancia, por la existencia de un espacio preponderante para la razón en el debate público, por el fomento de los acuerdos y el diálogo, por el establecimiento de un marco común de ética cívica que los ciudadanos no van a permitir que se traspase.

Y creo que los últimos meses, como colofón a una conducta extendida ya desde hace demasiados años, son la constatación más evidente de que nuestra cultura democrática, y con ella nuestro sistema político, se está debilitando de una forma alarmante.

Está provocando un grave deterioro de la cultura democrática en España y, por tanto, de nuestro sistema institucional

Hemos visto, entre otras, declaraciones de estados de alarma que el Congreso acepta prolongar por seis meses, desatendiendo cualquier criterio de proporcionalidad y revisión periódica exigible cuando estamos ante limitaciones de derechos, también la imposibilidad de llegar a acuerdos para renovar el Consejo General del Poder Judicial y la respuesta del Gobierno, afeada públicamente por la Comisión Europea, de cambiar las mayorías necesarias para la elección de sus vocales. Hemos confiado en que la toma de decisiones sobre la pandemia estaba sustentada en la racionalidad que aportaba el conocimiento de un comité de expertos que no existía. O cómo un vicepresidente prefiere llegar a acuerdos con un partido de las conocidas credenciales éticas de Bildu –por más que se empeñen algunos, no tienen comparación posible– antes que explorar otras posibilidades más presentables.

Y nosotros, ciudadanos ocupados en sortear un día a día cada vez más difícil y poco proclives a dar la razón al que creemos que tenemos enfrente, solo vemos fragmentos de forma separada. Y nuestra cultura democrática se debilita, y nuestro sistema político, por desgracia, también.

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