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Mutación docente

OPINIÓNACTUALIZADA 12/11/2020 A LAS 01:00
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'Mutación docente'
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Sin comerlo ni beberlo, desde el pasado mes de marzo se ha producido una sacudida estructural al sistema educativo español. Ha sido un seísmo que no ha concluido. De hecho, estamos viviendo todavía las subsecuentes réplicas de diversa intensidad. Porque el curso 2019-20 terminó, pero el actual 2020-21 sigue marcado por el virus de Wuhan. La pandemia está condicionando nuestras vidas en todos los planos, obviamente también en lo que afecta a las escuelas, colegios, institutos y universidades.

Nunca antes, de forma tan inusitada y veloz, se había producido una ‘mutación’ en las aulas como esta. Y así, de golpe, de un día para otro, ¡zas! Las clases se hicieron digitales, la enseñanza, ‘online’ y a improvisar. Los espacios, los pupitres, las sillas, las pizarras, las rutinas de décadas anteriores se trastocaron.

Los cambios se han producido en muchos niveles. Es obvio que lo primero fue sobrevivir. Por fortuna llegó el verano. Con las vacaciones, se corrió un tupido velo. Tocaba anticiparse, pero las administraciones educativas brillaron por su ausencia e incapacidad. De todas ellas, la que se lleva el premio es el Ministerio de Universidades. El ministro Castells –que algunos consideran, con mucha sorna, la ‘mascota’ del Gobierno de Sánchez– lejos de liderar el caos, de contribuir a buscar consensos, de aportar inteligencia, sacó de su chistera la solución interesada –no se deben olvidar sus estrechos vínculos con la UOC (Universitat Oberta de Catalunya)–. Las instituciones de educación superior, las universidades públicas que están bajo su paraguas de responsabilidad, tenían que adaptarse sin más. Todos, a combinar la presencia de siempre con la hibridación de medios ‘digitales’. Sea y se hizo. Saltamos a la palestra como se ha podido y sabido, explorando soluciones e inventando lo que no existía.

El sistema educativo, en todos sus niveles, ha tenido que enfrentarse de repente a una gran transformación

¿Se acuerdan cuando, en tiempos de Belloch, Castells cobraba lo suyo por ‘asesorar’ en el ‘comité internacional de expertos en innovación urbana’? Se gastaron muchos euros en predicar innovaciones y otras palabras huecas. ¿Qué ha pasado después cuando toca enfrentarse a la disrupción sobrevenida? ¿Qué se ha hecho cuando hay que solventar un contratiempo descomunal como el que nos golpea? El ministro se ocultó, se hizo el ausente. Y otra vez, ¡zas! Septiembre. Si antes la vida universitaria sucedía en las aulas, en los pasillos, en los mil y un rincones de cada campus... Si antes se vivía cara a cara, codo a codo, sentados frente a frente, en grupos, rozándonos en el día a día, ahora tenemos que seguir creando soluciones improvisadas para evitar los contagios del bicho incontrolado y, mucho más importante, reconstruir el sistema de educación superior.

Cada universidad busca e inventa sus propias soluciones, sorteando las dificultades y respondiendo como mejor se sabe a las contradicciones de los gestores políticos. Cuando toque, tendremos que exigir rendición de cuentas a quien corresponda. Mientras tanto, Castells ‘le sorcier’, el aprendiz de brujo, se cubrió las espaldas diciendo que cada universidad se las componga.

Pero sus máximos responsables políticos han aportado pocas soluciones; especialmente el ausente ministro de Universidades, Manuel Castells

Por arte de encantamiento, semipresencialidad, digitalización, alternancias... En el fondo no es nada nuevo. Tara Brabazon (2007) ya desentrañó algunas clave de la ‘universidad Google’ explicando la ‘educación en la era de la (post) información’. Son muchos los temas a sopesar y gestionar como sociedad. Nos toca ir más allá de la compra/venta de las credenciales que Randall Collins (1979) describió; porque, pese a las grandes transformaciones tecnológicas, sigue siendo cierto que "la educación es el determinante más importante descubierto hasta la fecha de cuán lejos llegará uno en el mundo de hoy". Sigue siendo válido que: "El papel jugado en tiempos pretéritos por la ‘prueba de linaje’ como un prerrequisito para la igualdad de nacimiento, el acceso a nobles prebendas y dotaciones, y dondequiera que la nobleza retenía un poder social, para la cualificación para los cargos oficiales, lo desempeña en nuestros días la patente de educación". Necesitamos sumar voluntades, para pensar y construir un mejor sistema educativo, incluido el universitario. Ni el doctor Sánchez ni la señora Celaá ni el señor Castells nos lo van a resolver.

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