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‘La Ley sin moral es vana’

OPINIÓNACTUALIZADA 31/10/2020 A LAS 02:00
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, en la noche electoral tras conocer su triunfo.
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, en la noche electoral tras conocer su reciente triunfo.
David Rowland/Reuters

El confinamiento domiciliario del pasado invierno, la desescalada de la primavera, los rebrotes del verano y la actual reclusión perimetral del otoño generan tendencias sociales contradictorias: por un lado, gestos espontáneos de solidaridad y autodisciplina; por otro, episodios de egoísmo y de incumplimiento de las normas sanitarias. ¿Qué se impondrá finalmente? ¿De qué depende?

Todo el hemisferio norte está sufriendo la segunda gran ola de la pandemia. Europa y Estados Unidos lo hacen con unos datos muy alarmantes. En cambio, Asia lo está viviendo de una forma mucho más benévola; apenas se registran casos no solo en regímenes dictatoriales como China, sino en democracias como Japón, Corea del Sur o Taiwán. ¿Por qué a Asia le va mejor que a Europa en la pandemia? La explicación que propone el célebre filósofo Byung-Chul Han está en la «responsabilidad ciudadana». Cuando hombres y mujeres acatan voluntariamente las normas sanitarias e higiénicas no hacen falta controles ni vigilancia.

La gran paradoja de la covid-19 es que el ciudadano acaba teniendo más libertad si se impone voluntariamente restricciones a sí mismo. Por eso hoy son más libres los asiáticos, que acatan las reglas por voluntad propia, que los europeos, que al no cumplirlas vemos restringidas a la fuerza nuestras posibilidades de movimiento y de reunión. Y la clave no es política ni cultural. No es cierto que el liberalismo conduzca a un individualismo que favorezca al virus. Japón o Nueva Zelanda son democracias liberales que están controlando la covid-19 a través de la movilización del civismo. En cambio, Estados Unidos se hunde en la enfermedad porque el presidente Trump ha dividido al país como nunca y esto inevitablemente socava el civismo.

Que los infectados no se aíslen en sus domicilios, que grupos de personas celebren fiestas ilegales, que la gente ponga en duda los consejos de los científicos o no confíe en el Estado son muestras de la decadencia del civismo. Es un grave retroceso porque la Historia enseña que la solidaridad, la acción conjunta y la responsabilidad con el prójimo son las principales herramientas para hacer frente a enemigos como una pandemia.

Los gobiernos multiplican normas y restricciones, a veces atolondradamente, para frenar al virus. Pero no se puede obligar a nadie a ser virtuoso a la fuerza. Ya lo advirtió Horacio: «Leges sine moribus vanae» (La Ley sin moral es vana). No cabe imponer el ideal cívico por ley. El civismo y el ejercicio virtuoso de la libertad no se extienden por la coacción que representa la ley sino por convicción personal, por la persuasión que suponen los valores compartidos, auténtica fuente de moralidad social.

Los ciudadanos exigimos a los políticos que se comporten con decencia y eficacia, pero, como ha explicado Javier Gomá en su tetralogía sobre la ejemplaridad, nada más eficaz para exigir decencia que practicarla. Una sociedad comprometida con aquello mismo que reclama somete a los gobernantes a una pauta moral que estos ya no pueden ignorar.

La filosofía moral y política contemporánea insiste constantemente en el principio del interés general tomando como modelo remoto los regímenes participativos de las ciudades-Estado del Renacimiento: Florencia, Venecia o Milán. En ellas, el patriciado urbano participaba en la vida pública añadiendo a sus intereses privados el compromiso cívico que defendía Maquiavelo. Junto a las urbes italianas, también los padres del liberalismo inglés y norteamericano pusieron las bases del Estado moderno confiando en que las virtudes ciudadanas hicieran de contrapeso a un libertarismo arbitrario poniendo las libertades al servicio del bien público. De hecho, Tocqueville se refiere con admiración a los «hábitos del corazón» que florecen en los miembros de la joven democracia americana.

Hoy, como ayer, el soporte y el sustento de la democracia está en la gente, en los valores morales compartidos, en que tengamos claro que no somos independientes unos de otros, sino interdependientes. Y esto solo se logra con la educación. Por eso, como ha señalado José Antonio Marina en una acertada expresión, para educar a un niño hace falta la tribu entera.

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