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¿Y si fracasa la ley?

Por
  • Jesús Morales Arrizabalaga
OPINIÓNACTUALIZADA 30/10/2020 A LAS 02:00
Control policial en una ciudad española para asegurar el cumplimiento de las normas contra la pandemia.
Control policial en una ciudad española para asegurar el cumplimiento de las normas contra la pandemia.
Álex Cámara / Europa Press

Si nos proponen hablar acerca de la legislación, probablemente describiremos normas cuya aplicación se explica porque proceden de una autoridad que tiene la capacidad para imponer su cumplimiento utilizando, si es preciso, medios coactivos, sanciones, etc. En corrientes de pensamiento con especial propensión a desacreditar el derecho y el sistema de valores que lo sustenta, aparecerán descritas con palabras asociadas con el ‘vigilar y castigar’. Instrumentos de represión.

Un sistema normativo que solo descansase en la autoridad tendería a la acromegalia. Afortunadamente la aplicación de las normas se completa con otra lógica: hay un cumplimiento espontáneo que evita la intervención constante -insostenible- del aparato coactivo; se basa en una percepción de utilidad: vivimos mejor si respetamos unas reglas que si prescindimos de ellas. El objetivo del legislador debe ser desarrollar este tipo de mecanismo mediante la convicción de la oportunidad de las medidas y de los beneficios de su aplicación.

La legislación sobre la covid-19 será estudiada en décadas próximas como la serie normativa más caótica de la historia. Cierto que las características de la materia objeto de regulación complicaron las posibilidades de hacer una buena normativa y de persuadir de su utilidad. Pero el discurso de acompañamiento necesario para su socialización ha sido nefasto y las leyes han quedado desnudas, desguarnecidas; su cumplimiento reposa únicamente en la autoridad, en el respaldo coactivo... y en la retórica del miedo. Miedo que ahonda en los ya temerosos, pero deja impasibles a los bravucones.

Han quemado el argumento científico-técnico. Se ha pretendido legislar en tiempo real, cuando resulta que el conocimiento del virus SARS-CoV-2 y de la enfermedad que provoca está, sigue estando, en proceso de formación y consolidación: las medidas que se tomaron en marzo correspondieron a análisis de urgencia -presentados sin embargo como incuestionables- que las condenaron al fracaso. La precipitación por dar certezas imposibles inutilizó el soporte científico de las decisiones.

Se ha invocado un principio de acción y su contrario: la imprescindible avocación de competencias en un mando unificado y, semanas más tarde, las evidentes ventajas de la descentralización. Las decisiones aparecen ante los ciudadanos como arbitrarias, #desorientadas y carentes de fundamentales.

Hay una regulación redundante, que insiste sobre los grupos que ya estamos cumpliendo espontáneamente, pero deja puertas abiertas para los que solamente actúan bajo amenaza directa grave. El ciudadano que cumple porque percibe la utilidad solo pide un razonamiento, unas explicaciones creíbles; una racionalidad que dosifique las medidas y las limite a las que tengan eficacia acreditada. No lo recibe. Se elige legislar mediante soluciones rígidas que unas veces discriminan lo semejante y otras homogeneizan lo diferente, en ambos casos sin explicación bastante.

Mientras tanto, no hay avance en el cambio de comportamiento de aquellos que consideran satisfactorio el cumplimiento aparente: reuniones de seis, más seis, más seis... en animada conversación, sin mascarilla ni distancia, pero con la coartada de una copa semivacía de cerveza que ya nadie en su sano juicio consumirá.

Es imposible reconducir a parámetros de racionalidad el conjunto normativo sobre la covid-19. Su eficacia para el control de la enfermedad pandémica con medidas selectivas está desacreditada: llevamos días suficientes de aplicación de nuevas regulaciones variopintas y la curva no corrige la trayectoria; no sabemos qué diana seleccionar o no acertamos a impactar en ella. ¿Cómo, a pesar de prohibiciones e imposiciones profilácticas, se mantienen las tasas de contagio? El fracaso de estas medidas moderadamente selectivas nos lleva a legislación gruesa, indiscriminada, como el confinamiento domiciliario y el apagón general. Mientras tanto, ¡deje usted de hacer lo que pueda dejar de hacer!

Acometemos otra fase, pero el soporte emocional a las medidas del Gobierno se ha desvanecido. ¿Quién tiene cuerpo para salir a aplaudir en el balcón? Solo dejamos correr el tiempo esperando remedios externos; porque sabemos que este problema no lo resolverán estas leyes.

Jesús Morales Arrizabalaga es profesor de Derecho en la Universidad de Zaragoza

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