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Opinión

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Hosteleros, todos

OPINIÓNACTUALIZADA 29/10/2020 A LAS 02:00
MANIFESTACION SECTOR HOSTELERIA ( ZARAGOZA ) / 25/10/2020 / FOTO : OLIVER DUCH [[[FOTOGRAFOS]]] [[[HA ARCHIVO]]]
Protesta del sector de la hostelería en Zaragoza.
Oliver Duch

Quiero sumarme desde estas líneas a la protesta de los hosteleros aragoneses, sumarme al grito de la hostelería aragonesa que el pasado domingo tomó el centro de Zaragoza. En esa categoría entran muchas actividades y negocios. Son parte del tejido difuso de la socialización cotidiana -bares, cafeterías, restaurantes, salas de fiesta, de baile, de conciertos…-. Y también son muchas personas y familias. Son empresarios y empresas de diverso tipo y dimensión. Pero no solo se ven afectados los dueños, también sus trabajadores y clientes. Nos afecta a todos.

Las restricciones -arbitrarias- a las que están siendo sometidos nos llevan a la catástrofe. Si desaparecen de nuestras ciudades y pueblos, nuestras vidas no serán como han sido. Y perderemos lugares de encuentro, para convivir con calidad, calor y creatividad. Con las normas impuestas, si no nos mata el virus de Wuhan nos terminará masacrando la gestión gubernamental. Ya no es una impresión aislada, nos gobiernan desde la improvisación y desde la ineficacia. En este caso, antes de pensar a fondo las decisiones, optan por salvar su poltrona, para restringir y desconfiar de la autonomía de hosteleros y público. No cuentan con la inteligencia de quienes quieren defender su negocio y su salud. Nos describen y consideran irresponsables. ¡Nadie quiere enfermarse y hundir con su enfermedad su empresa y a sus clientes!

Es más fácil exigir y ser duro con los gobernados que con uno mismo. ¿Dónde está la ejemplaridad de los gobernantes? ¿A qué esperan para reducir el gasto superfluo de ‘ninistros’ y ministerios? Es más sencillo gobernar aparentando control y reprimiendo que hacer autocrítica siendo eficaces en la solución de problemas. Nos gobiernan para asegurarse el control de su poder, caiga quien caiga. Para ello, mienten más que hablan y algunos hablan tanto que nos tienen hartos con sus incongruencias. 

No hace falta ser Sócrates. A día de hoy sabemos que no sabemos lo suficiente del bicho exportado desde China. Seguimos sin saber lo necesario para controlar sus efectos. Y, por mucho que se propongan explicaciones y teorías, necesitaremos tiempo para adaptarnos. Cada vez es más obvio que este virus ha venido para quedarse. La promesa de una vacuna o un remedio universal que nos salve de la enfermedad está muy lejos de llegar, si es que alguna vez se alcanza. Por eso, es mejor no alimentar esa expectativa. 

No estamos en una guerra, pero son muchos los muertos. Y por lo que pronostican, nos van a venir días peores. Este virus nos hace caer enfermos de forma desigual. Provoca una enfermedad que afecta de manera azarosa. Una lotería. Se puede pasar sin sentir apenas efectos, pero también sucede lo peor, se puede morir. Porque este virus mata y mucho. De forma indiscriminada. No sabemos si se instalará en el planeta como la malaria u otros que no se erradican, ni si seremos capaces de resistir a los efectos secundarios que acarrea. No sabemos y tardaremos en saber. Esto genera mucha incertidumbre que, para más inri, se multiplica por las batallas entre los partidos políticos y se amplifica por buena parte de los medios de comunicación. Y así, el miedo también mata.

Confinarnos, sin más, es una ‘solución’ simple. Pero cuando se impone de forma autoritaria tiene efectos secundarios más graves que la propia pandemia. Confinarnos a usted, a mí y a nuestros vecinos es pensar que somos incompetentes e incapaces de gestionar nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Confinar no ayuda a que la gente vea que la cosa es seria. Al contrario, más bien exacerba el malestar colectivo. E induce a rebelarse. La ley seca no erradicó el consumo del alcohol. Los argumentos prohibicionistas han hecho de las drogas y el narcotráfico un inmenso negocio y un enorme problema social. Cerrar la hostelería no arregla el problema, crea otro. Tendremos que buscar soluciones que no hundan negocios, ni provoquen más desempleo del que ya tenemos. Mientras, a cuidarse cada uno, mejorando la inmunidad personal y del entorno.

Chaime Marcuello Servós es profesor de Sociología de la Universidad de Zaragoza

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