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Abascal contra Ortega y Gasset

OPINIÓNACTUALIZADA 24/10/2020 A LAS 02:00
La integración en Europa ha sido decisiva para la modernización de España.
La integración en Europa ha sido decisiva para la modernización de España.
Krisis'20

Santiago Abascal hace ostentación de su antieuropeísmo: «Europa no es nuestra solución», afirmó el pasado miércoles el líder de Vox. Se encastilla así en contra de un eje fundamental de la modernización de España. Ya hace más de un siglo, José Ortega y Gasset dictó una conferencia en la que, recordando una de las obras de su admirado Joaquín Costa, ‘Reconstitución y europeización de España’, puso fin a su disertación con unas célebres palabras: «Se vio claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución».

Esta frase del filósofo ha sido mil veces citada para explicar las raíces de la orientación europeísta de España. Una orientación que cristalizó hace 34 años en la incorporación a la entonces llamada Comunidad Europea. Las consecuencias de la adhesión fueron un considerable aumento del peso en el mundo y la llegada multimillonaria de fondos (de cohesión, estructurales y de la PAC). Después de décadas de aislamiento internacional, el Reino de España se situaba en el centro de las instituciones políticas, económicas, sociales y militares de Europa.

Abascal, con el manual del buen populista bajo el brazo, alienta ahora el discurso derrotista y manipulador, que también utilizan los independentistas y algunas figuras de Podemos, basado en el antieuropeísmo y en que ‘España es hoy un desastre’. Sin embargo, con los datos sobre la mesa, la realidad es muy diferente. España es un #país desarrollado y con una gran calidad de vida, que es puesto como ejemplo de tolerancia en materia ideológica, sexual y religiosa. Ocupa el 15º puesto entre las 194 economías del mundo. Es cierto que sufre lacras como la precariedad laboral, pero todos los problemas que surgen se resuelven a través de la ley y el debate. Es el país más saludable del planeta, según el último ranquin de Bloomberg. Y es el sexto en esperanza de vida con una media de 83,4 años.

La secular mala imagen internacional de España se ha transformado completamente en las cuatro últimas décadas gracias a muchos éxitos colectivos e individuales: la transición democrática, el ingreso en la UE, la Expo de Sevilla, los Juegos de Barcelona, la globalización de grandes empresas como Zara o Telefónica, el Instituto Cervantes, nuestro sistema público de salud, el cine de Almodóvar, el AVE, la Expo de Zaragoza, cocineros como Ferran Adrià, las operaciones de paz del Ejército, las estancias Erasmus o los éxitos deportivos, hoy personalizados por Rafael Nadal. Además, cuenta con un activo extraordinario, la lengua, capaz de multiplicar la proyección cultural del país.

Estamos entre los mejores en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en protección sanitaria universal gratuita, en energías limpias, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en playas con bandera azul… Organismos internacionales de toda solvencia declaran que España es el mejor país del mundo para nacer, el más sociable para vivir y el más seguro para viajar solos sin peligro por todo su territorio.

Esta imagen-país, no obstante, debe protegerse de algunos malintencionados que solo buscan llegar al poder, aunque sea a costa de la propia marca-España. Lo advierte uno de los mejores historiadores de nuestros tiempos, Niall Ferguson, en su libro ‘Civilización’: «La amenaza a los valores que ha generado nuestra civilización no procederá de otras civilizaciones, sino de nuestra propia pusilanimidad y por la ignorancia histórica que la alimenta».

Está claro que España tiene problemas que debe solucionar, empezando ahora por los sanitarios y económicos. Pero el país no debe caer en las trampas cegadoras de quienes alientan la crispación y la polarización para pescar votos en río revuelto. La pérdida de confianza en nosotros mismos es letal. Por eso advertía contra la desconfianza Ortega y Gasset cuando, en ‘La rebelión de las masas’ (1929), describió cómo el populismo arrolló a los partidos tradicionales y aupó a fascismos y comunismos.

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