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El físico valiente

OPINIÓNACTUALIZADA 15/10/2020 A LAS 01:00
Opinión
'El físico valiente'
Krisis'20

Un buen amigo, físico por ‘deformación’ e irónico de natural, en cuanto tiene ocasión me reta a pensar. Y uno de los asuntos donde más insiste es con las cosas de la fe. Desde su punto de vista es más difícil no tener un dios en que creer que su contrario. Aunque él, en sí mismo, no sabe cómo calificarse, –si agnóstico, ateo o cómo diantres– suele decir que quienes nos declaramos creyentes nos agarramos a esa ilusión como clavo ardiendo. Para él es una solución simple –simplona– y, en el fondo, cobarde. Sostiene que es más cómodo, intelectual, social y emocionalmente dejarse caer en la nebulosa de la fe donde desaparecen los argumentos racionales –eso dice– que arriesgarse a negar esa opción. Esto, según él, es más facilón y pusilánime que reconocer que no hay nada. No hay dios, ni cielo, ni infierno, ni las mil y una zarandajas con las que nos aborregamos cobardemente. Esto sostiene.

Hay quien se empeña en negar la fe desde la razón.

Por eso mismo, a mí me gusta provocarle diciendo que él es el ‘físico valiente’ de la estirpe de los verdaderos científicos de la orden del materialismo realista. Y como a otros de su ‘secta’, en cuanto se descuida se le sube su ‘ciencia’ a la cabeza. Se emborracha de justificaciones matemáticas, experimentos, observaciones y datos, mientras pierde el oremus invadido por la falsa humildad de quienes describen las leyes de la física del mundo. A los de su cuerda les ensoberbece la conciencia las ecuaciones diferenciales y necesitan de una transformada de Fourier para reconvertir el espectro de ideas con las que se creen llamados a desnudar las mentiras que nos adormecen al resto. O dicho sarcásticamente, científicos pura sangre, los físicos. Los demás, simples mortales ignorantes.

A más de un seguidor de esa ‘religión’ le gusta decir que no hay verdades absolutas y que todo se ha de comprobar por experimentación. A lo cual procede contestar que la primera afirmación es una verdad absoluta y lo segundo es incomprobable. Por eso, tanto a mi valiente amigo como a mí no nos queda más remedio que dar un salto. Es un salto socialmente condicionado pero personal e intransferible. Obviando siglos de teologías y teólogos, olvidando lo saberes impartidos en las madrasas e incluso las enseñanzas de las religiones dhármicas, el salto es hacia el interior del corazón.

Digo el corazón o quizá sea el hígado o váyase usted a saber. Las preguntas esenciales conducen a un punto indecidible y, justo ahí, es donde hay que decidir. Solo entonces se toma una decisión radical. Como cuando uno descubre que la única libertad de que dispone es la de aceptación. En las cuestiones de fe sucede como con las verdades apodícticas de los físicos, dadas las coordenadas de partida, el mundo cobra sentido si queremos navegar ese rumbo. Y así más complicado que negar es creer críticamente. Por eso, comparto con mi buen amigo su cuestionamiento de la fe adocenada que se utiliza como bálsamo narcótico.

Pero olvida que las preguntas esenciales conducen a un punto indecidible, y justo ahí es donde hay que tomar una decisión radical.

Si solo se recurre a un dios para adormecer la propia conciencia y huir de las responsabilidades en la vida cotidiana, mal asunto. Si la fe que se predica es la de la comodidad, la de la respiración profunda que conduce a esa plena conciencia que se sienta en el sofá a meditar, pues no. Si la fe conduce a nublar el espíritu y balar al unísono con el rebaño, no es el regalo que me han transmitido. En cierto sentido, creer es un don, una suerte, una semilla que se cuida y que se puede marchitar. Es una bendición en una comunidad, no una elucubración onanista para cerebros aislados.

El corazón es la puerta de entrada para las convicciones y la racionalidad.

A mi amigo le recuerdo que, con su valentía, se enfrenta al molino de la palabra. Nuestras discusiones conducen a nada, porque hay una silenciosa inefabilidad invencible si se aspira a convencer desde la razón. Es el corazón la puerta de entrada con la que se han de llenar de vida las convicciones y la racionalidad. No son las cosas que decimos, ni los silogismos que farfullamos los que pueden corroborar la verdad de nuestras apuestas. Son las obras, las acciones, los gestos y la coherencia de los hechos las que dibujan nuestros destinos. En el fondo, estamos hechos del mismo barro, viajamos en el mismo navío espacial y vivimos bajo el mismo sol. Cuando la muerte se nos lleve, lo cual es seguro y universal, tendremos que preguntar por la misericordia que hemos sembrado.

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