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El deber de memoria

OPINIÓNACTUALIZADA 10/10/2020 A LAS 01:00
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'El deber de memoria'
Krisis'20

El historiador Paul Kennedy publicó en 1987 un ensayo, ‘Auge y caída de las grandes potencias’, que se convirtió en una referencia para entender el mundo del final del siglo XX. Demostró que todos los imperios, desde el romano hasta el británico pasando por el español, terminaron cuando la multiplicación de sus responsabilidades militares agotó su economía. La publicación del estudio del catedrático de Yale coincidió con la caída de la URSS y anticipó la decadencia de Estados Unidos, hoy acelerada con la desnortada presidencia de Donald Trump.

Los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, con su ensayo ‘Cómo mueren las democracias’ (2018), pueden ser la referencia para analizar el escenario internacional de la tercera década del siglo XXI. Tras varios años de estudios de múltiples casos, demuestran que las democracias ya no terminan con un ‘bang’ (un golpe militar o una revolución) sino con un leve quejido: el lento y progresivo debilitamiento de las instituciones esenciales (la justicia, el parlamento o los medios de comunicación) y la erosión de las normas políticas tradicionales. Plantean la tesis de que cuando las democracias se resquebrajan sin violencia siempre se dan las mismas condiciones: abandono de la responsabilidad de los partidos de contener a candidatos con inclinaciones autocráticas; dejar de reconocer al adversario político como oponente legítimo y comenzar a describirlo como el enemigo a combatir a toda costa; y uso de las instituciones de gobierno, cuando se llega a él, para promover fines partidistas. Un cuarto factor, la polarización social, puede considerarse tanto causa como efecto de las tres condiciones anteriores.

A la luz de este esquema, está claro que hoy hay que proteger la democracia en España por el clima de creciente polarización que está desvirtuando la respuesta a desafíos tan graves como el coronavirus o la crisis económica. Si los regímenes liberales se quiebran cuando los partidos abandonan su responsabilidad con los candidatos que postulan, dejan de reconocer al adversario como oponente legítimo y utilizan las instituciones para blindarse en el poder, los ciudadanos tenemos ahora una responsabilidad colectiva para evitar que esas condiciones se desarrollen en España.

Los españoles no podemos olvidar todo lo que conquistamos en la Transición.

En los extremos del arco político, Podemos y Vox maniobran para minar el llamado ‘régimen del 78’. Instigan también los independentistas. Utilizan para ello todo tipo de recursos, desde los ataques al Rey a deslegitimar la Transición o el Estado de las autonomías. Y lo más grave es que estas escaramuzas parecen contagiosas incluso para los partidos que fueron los artífices de la Transición (PSOE y PP). Frente a estas estrategias de demolición, los españoles tenemos que reivindicar nuestra memoria.

Con las cuatro décadas de vigencia de la Carta Magna de 1978, buena parte de la ciudadanía ha disfrutado de una democracia durante toda o casi toda su vida. Pareciera, pues, que siempre haya habido un sistema de libertades en España. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: la inestabilidad ha sido la pauta dominante de nuestro devenir como país moderno.

La memoria no es solo el automatismo del recuerdo, sino también
el deber a él asociado, el ‘deber de memoria’ con las generaciones futuras.

Durante casi dos siglos, desde la primera Constitución (Cádiz, 1812) hasta la de 1978, no se supo arbitrar unas reglas de juego por todos respetadas porque fuesen respetables. Han sido al menos ocho textos constitucionales (1812, 1834, 1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y 1978), además de otros no promulgados, proyectos frustrados y periodos de interrupción constitucional. Y una de las claves de esta inestabilidad es que las del siglo XIX fueron Constituciones de partido porque no había una tradición de pacto, de liberalismo y de flexibilidad. Pero esta arraigada seña de identidad fue sustituida por la reconciliación y el consenso tras la muerte de Franco. Todos cedieron hasta pactar una Ley Fundamental con la que el país se ha modernizado como ningún otro Estado europeo en el último medio siglo. Ha sido un éxito colectivo de la anterior generación de españoles que la actual debería tener muy presente como brújula y mapa. Todos tenemos un deber de memoria.

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