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Opinión

en nombre propio

Epidemia

Por
  • Pedro Rújula
OPINIÓNACTUALIZADA 30/09/2020 A LAS 01:00
Imágenes de la capital del cierzo / 21.
Detalle de la puerta de Santa Engracia en su tercera ubicación / Colección José Luis Cintora.
Colección José Luis Cintora.

Procedía de un foco infeccioso distante situado inicialmente en Barcelona que después se había extendido a Tortosa. Poco a poco sintieron la epidemia más cerca al saber que el contagio había llegado a Fraga y a Mequinenza. Fue entonces cuando el Ayuntamiento de Zaragoza decidió tomar la iniciativa y pasar a la acción para protegerse de una enfermedad que parecía acercarse a marchas forzadas. Se cerraron las puertas de la ciudad y, desde entonces, solo pudo accederse por cuatro de ellas, las del Ángel, la Quemada, la de Santa Engracia y la del Portillo. Estaba prohibido el ingreso de todos los hombres y mercancías procedentes de Cataluña, y también eran inspeccionados con todo cuidado los de Huesca, Barbastro y el Bajo Aragón. Los zaragozanos mayores de 12 años y todos los forasteros tuvieron que llevar convenientemente sellado y fechado su boletín de sanidad. Las guardias cívicas, compuestas por vecinos voluntarios, se ocuparon del control de las puertas y por las noches reforzaban la seguridad en las calles.

Tras dos meses de tensión y de vivir el día a día de la amenaza del contagio, Zaragoza consiguió mantenerse a salvo de una terrible epidemia de fiebre amarilla que hizo temblar al nordeste peninsular con cifras de muertos que superaban los 150 diarios. Han pasado casi doscientos años desde aquel final del verano de 1821, pero la incertidumbre, la amenaza invisible y la conciencia del riesgo colectivo, sorprendentemente, se parecen mucho a los de hoy.

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