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Volver a las aulas… ¿para qué?

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 11/09/2020 A LAS 01:00
Opinión
'Volver a las aulas… ¿para qué?'
Heraldo

En los próximos días cientos de miles de jóvenes retoman en España sus estudios universitarios y algunos de ellos los estrenan, seguramente con una mezcla de bastante ilusión y unas cuantas dudas. Pero si en la enseñanza obligatoria la vuelta a las aulas, a la vista de la confusión política, ha venido socialmente acompañada de buenas dosis de intranquilidad y desasosiego, en el caso de la enseñanza universitaria el interés por saber cómo se desarrollará el curso escolar parece más bien fruto de la curiosidad que de la preocupación, e incluso rayano en cierta indiferencia, como si la inexistencia de alternativas — "No hay plan B", dijo el ministro— fuera sinónimo de su innecesariedad.

Y es que, en el fondo, las circunstancias de la pandemia han venido a subrayar la pregunta sobre el sentido de la Universidad, o sobre su irrelevancia, si se la priva de todo aquello que ésta ofrece para el cumplimiento de su misión: profesores y compañeros, libros y laboratorios y, sobre todo, lo que según Massimo Recalcati constituye el latido del corazón de la escuela (y de la Universidad): la hora de clase, en la que todo lo anterior se conjuga en un clima de autoridad (la del conocimiento y la tradición, que el maestro representa) y de libertad, y que últimamente se ve erosionada en sus principios, "marginada por actividades que exceden la enseñanza en sentido estricto, aplastada bajo la prensa de una evaluación cada vez más reducida a medida" o, con las circunstancias de la pandemia, convertida en una mera retransmisión virtual o un juego electrónico. ¿Y para qué todo eso?, se preguntan algunos. ¿Realmente es necesario? ¿no son las circunstancias actuales la "oportunidad" —dicen— de digitalizar la enseñanza?

Las circunstancias de la pandemia han venido a subrayar la pregunta sobre el sentido de la Universidad, o sobre su irrelevancia...

Hay quienes piensan que la Universidad debería proporcionar algo más que un título o una capacitación técnica (¡y por supuesto no menos que eso!). Habitualmente decimos de un modo pomposo y bastante vacuo que ese "algo más" consiste en "a pensar", lo que en ‘El rebaño excelente’ (un libro que todo universitario debería leer), William Deresiewicz describe como "construir un yo", "un alma" o "inventarse una vida". El propósito de la Universidad, dice Deresiewicz de forma sugerente, es o debería ser dar a sus estudiantes la oportunidad —porque no es una garantía, claro, sino una ocasión que estos lamentablemente pueden desaprovechar— de "convertirte en una persona más interesante", o de hacerse mayores, de "convertir a los adolescentes en adultos". ¿Cómo? A través del estudio y la lectura, de la conversación y la reflexión, profundizando en el descubrimiento de los límites y en la rebelión contra los mismos, en el aprendizaje de la incertidumbre y el desarrollo de un pensamiento estratégico, en la responsabilidad y el compromiso, en la apertura y la educación del deseo, en la vida interior y el descubrimiento de la propia vocación… Naturalmente que no es necesario ir a la Universidad para todo eso. Quizás en otros momentos de la historia el espacio universitario podía ser un lugar privilegiado para ello, pero en nuestro tiempo los jóvenes seguramente pueden encontrar fuera de los campus universitarios otros muchos y mejores recursos para esa tarea de descubrimiento y construcción personal. "No es que haga falta ir a la Universidad para eso —dice el propio Deresiewicz—, pero si vas a ir de todos modos, entonces eso es lo más importante que hay que conseguir".

En ‘El rebaño excelente’, William Deresiewicz describe como "construir un yo", "un alma" o "inventarse una vida".

Pero en nuestros días el auténtico problema no es que la Universidad pueda estar perdiendo protagonismo como espacio de aprendizaje y desarrollo personal, sino que en ocasiones incluso se convierta en un impedimento o un obstáculo para esa tarea, a la vista de ciertas derivas hacia la sobreprotección, la infantilización y la clientelización de la actividad universitaria, muy a menudo fomentada por quienes aparentan protestarla. Y que las condiciones de trabajo impuestas a propósito de la pandemia —en algunos casos inevitables, en otros no— favoreciendo la digitalización y evitando la presencialidad, etc., contribuyan a acelerar esa deriva y a acentuar su irrelevancia en la formación del sujeto. A veces la oportunidad no reside en aprovechar las limitaciones que imponen las circunstancias, sino en resistirse a ellas.

"La gente va a los monasterios con el fin de averiguar para qué ha ido —escribe Deresiewicz—, y la universidad tiene que ser lo mismo". No lo olvidemos cuando se vuelvan a abrir las aulas. O si se cierran.

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