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Opinión

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Educación y salud

OPINIÓNACTUALIZADA 06/09/2020 A LAS 02:00
En Aragón el regreso a las aulas comenzará el día 7, pero será escalonado por cursos
'Educación y salud'.
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Poco se ha escuchado a los ministros de Educación y Universidades –al que menos a Manuel Castells– hablar sobre los nuevos modelos pedagógicos o los cambios curriculares que incorporará este nuevo curso. El discurso ministerial, también el de todas las Comunidades Autónomas, ha estado más centrado en el hidrogel, las mascarillas o la distancia de seguridad que en el estudio de los posibles cambios formativos. La preocupación, inclinada prioritariamente hacia la seguridad y la salud de los alumnos, ha pasado por el diseño de un ‘tetris’ empeñado en encajar a los escolares en los mismos metros cuadrados que dejaron antes del confinamiento. Garantizar la seguridad de alumnos y profesores es prioritario, pero tras cerca de medio año sin acudir al colegio, las clases se retoman en fechas similares a años anteriores –no es una cuestión menor– con las mismas pizarras e idénticos manuales. La satisfacción y el triunfo político se medirán por la confianza trasladada a las familias y por unas aulas llenas que buscarán una normalidad que debe contribuir a la conciliación y a la recuperación de una actividad laboral que no puede permitirse nuevas interrupciones.

Padres y niños deben atender a sus respectivas ocupaciones, unos en el trabajo y otros en el colegio, pero mientras en los ámbitos laborales y profesionales se habla de la aceptación de cambios y transformaciones que han llegado de la mano de la pandemia –no solo en lo relativo al teletrabajo– en el terreno educativo continuamos instalados en un sistema docente y curricular que no ha variado en décadas. Se enseña y se estudia de forma similar a como se ha hecho desde hace cuatro décadas, sin apreciar que las competencias docentes no pueden ser las mismas.

Tras años buscando un gran pacto nacional por la educación, un abrupto recorrido que bien podría resumirse como uno de los grandes fracasos políticos de esta etapa democrática, España no ha logrado interiorizar la importacia que para una sociedad ambiciosa cumple la escuela. La interrrupción de las clases durante la pandemia y su sustitución por un modelo telemático con el resultado final de un aprobado general solo ha contribuido a generar una falsa sensación de normalidad que ha dañado un poco más la credibilidad del modelo.

La pandemia no puede empequeñecernos, por lo que deberíamos convencernos de que las mismas incertezas que ahora nos acompañan, y con las que no queda más remedio que convivir, también alcanzan a los colegios y a nuestros hijos. Recluirse en casa o poner dificultades para que se retome con exigencia la actividad escolar y universitaria (la encuesta de A+M que hoy publica HERALDO señala que el 3,2 por ciento de los consultados no llevará a sus hijos al colegio y otro 5 por ciento tomará la decisión en virtud de las medidas adoptadas) sería un verdadero desastre para el que es el principal y más justo modelo de socialización y generación de oportunidades. Pensar que nada ocurre porque los niños y los jóvenes hayan permanecido en casa durante meses, ignorando sus efectos y sin preocuparse por recuperar el tiempo y el aprendizaje perdidos, solo nos reduce a un absurdo que nos aleja del incremento de esfuerzo y dedicación que se requieren en esta etapa.

Con el coronavirus se ha introducido en los colegios una doble preocupación centrada en la salud y la formación, un equilibrio que hasta que se acierte con el remedio sanitario corre el riesgo de orillar al ámbito educativo. El sistema escolar, que ha sufrido durante años un injusto desprestigio y una falta de cuidado producto de las limitadas inversiones y de la ausencia de un convenimiento compartido sobre su valor estratégico, no puede permitirse –precisamente ahora y en coincidencia con la covid-19– renunciar a la innovación y evolución de los métodos docentes.

Recuperada en Aragón desde el pasado viernes la nueva normalidad –un oportuno mensaje de tranquilidad que acompaña el regreso a los colegios–, el profesorado tiene ante sí el reto de establecer un nuevo liderazgo ante los alumnos y las familias. Una oportunidad plagada de dificultades que debe huir del miedo para apoyarse en la prudencia y el componente educativo. Lo contrario solo desplegará la equivocada idea de que los colegios solo son importantes en la medida que guardan a los niños mientras sus padres acuden al trabajo.

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