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Opinión

en nombre propio

Mundo verbena

ACTUALIZADA 02/08/2020 A LAS 01:00
Una concurrida verbena en la plaza de Gea de Albarracín durante las fiestas.
'Mundo verbena'.
Raquel Sánchez

Uno de los recuerdos que más felicidad me trae a la memoria cuando pienso en los veranos de mi infancia y adolescencia es, sin duda, la tercera semana de agosto: la celebración de las fiestas de mi pueblo. Este año, por culpa del virus, no habrá fiestas patronales que sirvan de regocijo en todos los rincones de España. A cambio, algunos municipios aragoneses están celebrando eventos puntuales para entretener a su gente, con ciertos controles de seguridad más que cuestionables: antes de ocupar la silla inmóvil en el recinto acordado, se ha de pasar por un termómetro y un churretazo de gel hidroalcohólico que cada cual gestiona como buenamente sepa. Lo de tomar la temperatura, hoy en día, ya sabemos que no sirve de mucho, y las distancias mantenidas durante el acto desaparecen una vez que cada cual recoge sus bártulos. Miedo me da, como los bares. Pero salí de mi confinamiento voluntario con el ánimo de escuchar un concierto instrumental en la plaza del pueblo, con la ilusión de quien va a la verbena (no he podido hacerlo desde que me mudé a Nueva York, donde el curso escolar comienza en agosto). ¿Cómo escuchar un pasodoble y no levantarse? ¿Cómo no revivir esas madrugadas en las que bailábamos con todo el mundo, de mano en mano o a bordo de un tren humano interminable? Agarrarse del que tocaba, del pueblo o forastero. ‘Ubi sunt’ aquellas noches, me pregunto en mitad de esta broma macabra, con la música de fondo de esa canción de Especialistas de hará unos veinte años. Vuelve, Mundo verbena.

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