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Opinión

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Se agota el empleo

OPINIÓNACTUALIZADA 18/07/2020 A LAS 01:00
Imagen de archivo de una oficina.
Una oficina.
Pixabay

Una pandemia global, que ha puesto a la población mundial en cuarentena, nos sitúa de forma drástica ante el espejo de nuestra fragilidad. Ya había indicios, pero el mensaje se ha hecho más rotundo con la covid-19. Hemos recuperado la conciencia de que no estábamos tan preparados para cualquier contingencia como nos hacía creer el creciente engreimiento tecnológico. Además, los tecno-ideólogos nos ocultaron que la nueva ortodoxia económica desmantela la clásica concepción del trabajo, del ascensor social y del Estado de bienestar. Muchos jóvenes, y no tan jóvenes, se tienen que conformar con una remuneración salarial insuficiente para emprender un proyecto de vida digno.

El confinamiento y las consecuencias laborales del parón económico acelerarán la precarización de las clases medias, que ya se venía registrando en las últimas décadas. Cada día se verá con más claridad que hay quien puede subirse al carro de la economía digital, teletrabajar o que dispone de los medios para estudiar a distancia, mientras otros pierden su empleo, cesan su actividad o cierran sus negocios.

Las restricciones sanitarias van a potenciar aún más la digitalización de la producción y el comercio, la inteligencia artificial y la robótica, que ya estaban transformando el mercado laboral a gran velocidad. En todo el mundo, el trabajo se estaba automatizando y gran parte del que no se podía automatizar se llevaba, como hemos comprobado con las compras de material médico, a países con mano de obra barata y con regulaciones laborales o ambientales poco exigentes. Este proceso se intensifica ante las nuevas circunstancias.

¿Cómo será, pues, el futuro laboral? ¿Debemos ser optimistas o pesimistas? El debate en torno a las consecuencias de la cuarta revolución industrial oscila entre los que argumentan que provocará una masiva pérdida de trabajos y los que opinan que, al contrario, producirá un aumento en la empleabilidad porque todos los avances tecnológicos generan nuevas profesiones. Parece incuestionable que la mano de obra poco cualificada, e incluso también la cualificada, está amenazada por tres fenómenos decisivos: ordenadores cada día más potentes; el ‘big data’, el análisis en tiempo real de millones de datos; y el ‘aprendizaje profundo’, que permite a las máquinas perfeccionarse por sí mismas a partir de la experiencia. Cuando los algoritmos superen el rendimiento de los humanos en la mayor parte de los sectores, millones de trabajadores serán expulsados del mercado laboral. No falta mucho tiempo para ello. ¿Qué pasará entonces con el proletariado que fue la mano de obra del siglo XX? ¿Qué haremos los seres humanos cuando seamos irrelevantes para el sistema económico?

Ortega y Gasset describió en 1929 la rebelión de las masas. Noventa años más tarde, el exsecretario de Estado José María Lassalle anuncia en su libro ‘Ciberleviatán: El colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital’ (2019) el advenimiento de su mutación posmoderna: la ‘multitud digital’. Uno de los aspectos definidores de dicha multitud tiene que ver, precisamente, con la falta de trabajo. "Comienza a planear el peligro de que surja una especie de clase inútil transversal atravesada en el estrés de evitar su irrelevancia laboral a cualquier precio". El placebo para esquivar este miedo a la inutilidad es, según Lassalle, la renta básica universal, que se acaba de implantar en España y que ya está presente en la mayoría de los países europeos.

Ante esta incertidumbre laboral y social, sobre la mesa de debate se acumulan teorías como las de Byung-Chul Han sobre la autoexplotación ("La explotación de sí mismo es más eficiente que la ajena porque va unida a la idea de libertad"), tesis como las de Touraine al hablar de la "lógica postsocial" (la lucha colectiva se diluye al eliminar la red formada por sindicatos, partidos y proyectos comunes) o propuestas como las de Rawls y su renovado contrato social. Pero hoy sigue latiendo la misma pregunta que ha reiterado Michael Sandel, considerado el ‘filósofo vivo más relevante’: ¿Cómo garantizar que quienes no pertenecen a las privilegiadas clases profesionales puedan encontrar un trabajo digno, mantener a su familia, contribuir a la comunidad y granjearse la estima social?

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